Vida de Sísifo – Novena parte

Así empieza una a ponerse vieja, piensa, cuando nos da por recordar cosas pasadas. El pasado es una cosa peligrosa cuando dejamos que se robe el protagonismo de nuestras vidas. Siempre está presente, condicionando nuestras acciones, como el sol que mantiene a los planetas presos en su cárcel gravitatoria. Incluso los cometas, incapaces de fuerte atracción, pasan cada muchos años a ver cómo va todo por aquí. Acomodarse en el pasado es una cosa peligrosa, si no se esfuerza una, termina repitiendo siempre las mismas cosas. Y de ahí a la muerte por aburrimiento no falta nada.

Desde su adolescencia, ha visto con curiosidad esa añoranza por el pasado, muchas veces como reacción ante lo nuevo. En el preuniversitario sus amigos hablaban de lo buena que era la secundaria, en la universidad querían regresar al pre y sus compañeros de trabajo hablan sobre las maravillas de su época de estudiantes. Es curioso ver una reunión de antiguos alumnos, como se diferencian los que han avanzado y los que se han quedado anclados en el pasado. Los que mantienen la jerga y las complicidades y los que han decidido superarlo todo. Otra idea muy común es la posibilidad de retroceder en el tiempo y cambiar nuestras acciones en determinados hechos del pasado. Cuántos arrepentimientos se llevan sobre los hombros, aplastándonos contra la tierra con la insoportable pesadez del pasado. Y cuántas ilusiones de arreglar nuestras vidas esperan bajo el lado frío de la almohada para llenar sueños y pesadillas.

Ella, al contrario, ha vivido espoleada por una urgencia de ir hacia adelante, avanzar rápido, sin mirar mucho atrás. No siente añoranza por las cosas pasadas. No visita las escuelas donde estudió, no va a las reuniones de ex alumnos ni participa de las conversaciones del recuerdo Sabe que la gente cambia, que a los cuarenta se ha vivido otra vida desde que el grupo de estudiantes veinteañeros se separó. En aquellos años viajaban como gotas de agua impulsadas por una manga que los conducía de un lugar a otro. Al pasar la boquilla, comenzó la dispersión, y cada gota siguió su propia trayectoria, separándose del resto. Cree que es esa diferencia la que da sentido a la vida. Uno de sus pocos recuerdos de estudiante es un intercambio con el profesor de filosofía. Respondiendo a una pregunta, ella dijo muy confiada que el movimiento implicaba desarrollo. Y él le preguntó, pronunciando lentamente: ¿el movimiento circular, implica desarrollo? Fue una revelación. Comprendió que no bastaba con moverse rápido, si a la larga se regresaba al mismo lugar. Es necesario controlar la trayectoria. El movimiento sin cambio es una  ilusión, un engaño.

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