Sindo Pacheco: su propia alma

Con Sindo Pacheco la sección Ángeles tutelares alcanza nuevas dimensiones. Sindo vive y escribe -y espero que por mucho tiempo. Vive, trabaja y escribe en la ciudad de Miami, Estados Unidos. Tiene obras por publicar, un volumen de cuentos y dos novelas. Amablemente ha accedido a que publiquemos su cuento, por lo que le agradezco una vez más.

Como está vivo tengo que andarme con cuidado, no puedo hablar mal de él so pena de recibir un reto guajiro y terminar enredados a trompadas, o peor, a machetazos. Por eso citaré a dos colegas y amigos suyos, para que la cosa quede en familia.

Amir Valle ha escrito que “sus cuentos resaltaban por un modo distinto de asumir el humor, ya que no era un medio de transmisión de las ideas, sino el marco mismo en el cual se desarrollaban sus personajes estrechamente vinculados a un entorno rural”.

Manuel Sosa: “Es uno de esos orífices que salvan la profesión, narrando sin complejos, sin preguntarse si va a la zaga o la vanguardia. […] Desde que le conozco, le he visto auxiliarse de eso que ya nadie confiesa: su propia alma”.

Si William Faulkner tuvo su condado ficticio de Yoknapatawpha y el Gabo su Macondo, Sindo tiene su Cabaiguán, que no por real deja de ser maravilloso, como un banco para descansar y de dónde recibir créditos para nuevos sueños. Sospecho que aunque ahora no camine por la calle Valle, Sindo lleva a Cabaiguán en ese lugar inconfesable que nos dice Manuel: en su propia alma.

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La imagen de la República

Por: Frank El Primo

Este texto lo escribió el Sr. Carlos T. Trujillo, quien nació en Cienfuegos en 1869 y falleció en la misma ciudad en 1937. Culminó la guerra de 1898 con el grado de Coronel del Ejército Libertador.

Un amigo me ha facilitado un libro con artículos suyos publicados en la prensa de la época, entre los años 1911 y 1936. ¿Qué les parece? ¿Conocían algo de él? Trataré de ofrecerles otros textos del Sr. Carlos T. Trujillo. Disfruten este:

La imagen de la República
Carlos T. Trujillo

Creo que los pueblos son culpables, las más de las veces de los errores que cometen sus gobiernos. Cuando el “gobierno invisible”, como llamaba Ruskin a la influencia cívica, no posee la pureza, ni la energía espiritual para deponer ante la verdad todos los errores conocidos, el gobierno, propiamente dicho, que es siempre muy inferior reflejo del “gobierno invisible” ha de ser insoportable para los gobernados.

Hace años que el país anhela la República sincera, la república de los “hechos republicanos”; pero todos impedimos que también, de hecho, la República exista.

Que no haya privilegios -ni fueros, ni privilegios- proclama todo el mundo en la plaza; y en voz baja cada uno quiere, solicita, busca y pelea, por el privilegio. Los partidos políticos sufren del mismo mal: en el poder y en la oposición emplean los mismos métodos; cometen los mismos errores, realizan las mismas maldades, y se manchan con los mismos crímenes. El país se decepciona, resígnase al mal pasado creyendo evitar el mal venidero; su mirada inquieta gira vanamente en torno de cuanto le rodea, y se cree perdido en un desierto…¿Dónde está la República?

Dentro de nosotros no se encuentra el remedio, dicen en voz baja los culpables, los cómplices, los indiferentes, los que no sufren ni aman con el régimen nuevo, los que explotan; en una palabra los mismos que gozan de privilegio. Dentro de nosotros no está ciertamente la República, sino su imagen; está la colonia mixtificada.

Lo grandes partidos han tenido ya responsabilidades de gobierno; un grupo de hombres de unos y otros han ejercido funciones de gobernantes, y han fracasado de un modo definitivo; sin embargo, muy pocos son los personajes que con virtud republicana, se han resignado a volver al hogar, para cuidar la hacienda privada y la familia. No hay error, maldad, ni crimen que anule entre nosotros a un hombre; la muerte civil o política, nos es desconocida. Perduran las personas cuando se están arruinando las instituciones. Si el país escogiese de una vez para siempre, entre las personas y las instituciones; si se exigiese a los partidos que prefiriesen la República al Poder, o mejor dicho, el Poder dentro de la República, comenzaríamos la nueva era, la de los “hechos republicanos”, la del Mesías, con la libertad real, y no imaginaria.

Los partidos políticos han ultrajado la República; han calumniado la Revolución; han presentado como modelo ante la juventud cubana un estandarte negro salpicado de oro. Sin principios, sin esfuerzos, sin sacrificios, podéis ser ricos: robad. No os importe nada la República.

Los caudillos de la Revolución, en su mayoría, son los culpables de ese estado de la conciencia cubana. En la guerra fueron sinceros, porque abnegados y valientes aceptaron el sacrificio que la Revolución imponía; en la República son desleales, porque no se someten al sacrificio que la República impone. Se han enterrado en el pasado grandioso, y voluntariamente muertos, han querido regir la vida de la República. Una muralla invisible para los ojos materiales, visible para todo espíritu despierto, separaba la Revolución de la República; los que no han querido o podido pasar por las puertas de ese muro, porque la gloria los hizo soberbios, y carecían de la humildad ciudadana, esos están fueran de la República, ¡esos!… definitivamente, son enemigos del régimen republicano. Sus glorias están en la Revolución; sus prestigios, en la nacionalidad; sus caídas en la República.

Suponed a un viajero que tras largas jornadas por tierra desiertas, por valles y montañas, divisa al fin la choza en que espera encontrar alimento y abrigo; que aprieta el paso para llegar más pronto, y que cuando cree terminada su odisea, al pedir al dueño un poco de pan y frutas para acallar su hambre, el buen hombre, en medio de mil consideraciones y excusas, le niega el alimento; pero creyendo posible un milagro espiritual, le presenta a la vista uno de esos cuadros tan comunes en muchos comedores, en donde se pinta una mesa cubierta de manjares y jarras que contienen bebidas: es lo único que puedo ofreceros , señor para saciar vuestro apetito- le dice.

-Malditos sean esos manjares que se exponen al hambriento- dice el viajero- porque ellos exasperan en lugar de consolar.

-Un poco de pan duro, lo que un perro come en las calles de nuestras ciudades, vale más para mí, ahora, que esos cromos o pinturas; no son imágenes lo que necesita mi estómago.

El pueblo cubano es ese pobre viajero, que pide el pan y el vino de la República para nutrir su cuerpo y fortificar su espíritu. En vano lo ha pedido hasta ahora: porque se le enseña siempre la imagen y no la realidad de la República. Para transformar la imagen en realidad, no para restaurar, sino para establecer la República, es para lo que se necesita una nueva cruzada espiritual; porque la Revolución no fue más que un instrumento útil, transitorio; y la República real, es lo definitivo, el ideal político.