Sueños embotellados – Segunda Parte

A veces, cuando la soledad lo muerde duro o se acuerda del nieto que no conoce y que no habla español, busca consuelo en la bebida. Que es la principal causante de su soledad. Por ella perdió el trabajo, el matrimonio, el hijo y muchos amigos.

De niño quiso ser escultor, pero el miedo a la reacción de su familia se lo impidió. Su padre, herrero hijo y nieto de herreros, no quería saber de artistas en la familia; y para que no pasara lo que él pasó, y fuera alguien en la vida, y no perdiera la oportunidad que se le presentaba, por lo cambios que recién comenzaban a ocurrir en el país, prácticamente lo obligó a escoger entre la medicina y la ingeniería.

Llegó recién graduado a un gran taller. Los obreros, gente dura y honesta, lo fueron aceptando poco a poco, con recelo al principio; hasta que llegaron a respetarlo por su autoridad técnica y su hombría a toda prueba. Los jefes lo veían como un peligro a sus puestos y desde el inicio le hicieron la guerra. Por casi veinte años acumuló éxitos y amigos, algunos reveses y pocos -pero encarnizados- enemigos.  Comenzó a beber en las extensas jornadas para cumplir los planes que siempre crecían, aunque el cumplirlos no servía para modernizar la planta, casi al borde de la obsolescencia. Hizo innovaciones,  desarrolló tecnologías que luego fueron de uso obligatorio en toda la industria. Pero nunca endulzó una frase o dejó en la nebulosa una responsabilidad. Dijo siempre lo que pensaba y por eso nunca le permitieron entrar al círculo de los elegidos. Era el tipo conflictivo, bueno para mantener la planta funcionando, pero no para invitarlo a un fin de semana de pesquería. Nunca tuvo auto. Le autorizaron el teléfono para avisarle a cualquier hora que era necesario que viniera a sacar las castañas del fuego. Hasta que se cansó. Consciente de su problema con la bebida, no quiso darles el gusto de que lo echaran por cometer algún error estando borracho y se marchó, con la frente en alto.

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Sueños embotellados – Primera Parte

Se levanta temprano para hacer sus artesanías. Debe aprovechar la luz del sol; sus ojos, gastados por los años en aulas y talleres, no resisten ya trabajar con luz artificial. Cuando la artritis -que él achaca, a pesar de lo que dice el médico, a no tener más el calor de los hornos de fundición- se lo permite, trabaja toda la mañana. Tiene un amplio repertorio, basado en años de experiencia y la necesidad de vender. Si hay energía eléctrica, hace pirograbados, si hay apagón, talla figuritas en madera. Prepara con antelación los artículos en dependencia de la celebración que se avecine. La falta de opciones para regalos y sus bajos precios garantizan que todas sus piezas se vendan. Muchos clientes lo visitan en su casa para pedirle detalles personalizados. Ya es costumbre ver, en el pasillo que da acceso a su casita, compradores haciendo cola los días previos al 14 de febrero y el 8 de marzo. Con sano orgullo de creador, se jacta de contribuir a la disminución del índice de divorcios y al incremento de la estabilidad amorosa de las parejas del pueblo.

Al mediodía, almuerza y duerme una siesta. Por las tardes, sale a buscar materia prima para su taller. Es la parte más angustiosa de su operación, por la escasez de madera y la maraña de prohibiciones existentes. En su patio crecen varios árboles considerados de madera preciosa. Si lograra obtener permiso para talarlos, no podrá quedarse con la madera. Esta debe ser vendida, como madera común, a una empresa forestal que no plantó ni se preocupó por la suerte de esos árboles. La empresa forestal  venderá la madera a otra empresa que se dedica a suministrar a artistas y artesanos, a precios más altos, como corresponde a la madera preciosa. Y esta última empresa, cuando le venda a él, le pondrá algo por encima,  para cubrir los gastos. Él, como interesado, debe hacer todas las gestiones y velar porque la madera no se extravíe durante ese largo periplo. Esto lo ha forzado a emplear materiales más fáciles de obtener, como ramas, cortezas y semillas; residuos de carpintería y hasta madera retirada de encofrados de la construcción. De joven soñaba con hacer veleros dentro de botellas, como veía en la televisión, hoy hace botecitos dentro de ampollas de penicilina. Es minimalista por obligación.

Sangre silenciosa

Unos abren sus venas para que brote su sangre, otros le quitan el aire a  sus pulmones. Los decididos usan cuerda, los valientes el fuego, para los temerosos siempre es posible una sobredosis de sueño.

Unos pocos son conocidos, dejan obras tras de sí, algo de fama; la gran mayoría son anónimos hijos de vecino. Vidas invisibles que terminan en invisible muerte.

Todos se van, y nos dejan con las preguntas.

¿Por qué?

¿Hasta cuándo?

Las tres caras de Soya

Hay cosas que nunca se olvidan, aunque puedan parecer insignificantes. Hay palabras que, como el té de Proust, provocan el mismo recuerdo, con la precisión de un mecanismo reflejo. La palabra sucedáneo, por ejemplo, me remite al inicio de la novela de Bulgakov, El Maestro y Margarita. En la primera lectura, me sorprendió la palabreja, pero intenté inferir su significado y continué leyendo. En una  lectura posterior la busqué en el diccionario y me apropié de ella. O ella de mí. No he pensado usarla nunca, pero ahí está, recordándome el refresco de albaricoque con que ahuyentaron el calor dos literatos de paseo por los Estanques del Patriarca, justo antes de encontrarse con Monsieur Voland.

Algo parecido me sucede con la palabra soya. La primera vez que la leí, fue en la novela Mercaderes del espacio, de Pohl y Kornbluth. Fue a principios de los 80, estaba en la escuela secundaria y me atraía la ciencia ficción. Interesado en avanzar la lectura, no me molesté en averiguar qué cosa era aquello que dotaba a sus consumidores de unas características faciales sui generis, motivo de desprecio del exitoso director de publicidad Mitchell Courtenay. Al terminar la novela, emocionado, olvidé indagar por la soya, y la asocié de manera inconsciente a alguna forma de masa proteica sin precisar su origen, en fin, era algo que servía para hacer croquetas.

Quizás en venganza por haber sido desplazada por la ficción, la soya reapareció una década después, de una forma bien realista, en medio de la no menos real y mucho más intensa crisis que sufrimos durante los años 90. Entonces, la soya era un granulado blanco que mi vieja lavaba para separar del picadillo, explicándome que la soya era una leguminosa, por lo que había que cocinarla mucho para ablandarla, y que al estar mezclada con el picadillo, creaba la disyuntiva de cocinarlo lo suficiente para ablandar la masa cárnica y comerse la soya cruda o correr el riesgo de degradar la poca proteína intentando ablandar aquel frijol mal molido. Y que conste que no digo poca proteína por exagerar. Aquellos picadillos del período especial tenían cualquier cosa -tripa, cartílago, panza, oreja- menos carne. No creo poder describir el asco tan intenso que me provocó descubrir en aquellos revoltijos infames trozos de intestino, fácilmente reconocibles por las vellosidades características.

Y cuando creía que ya lo había visto todo en materia de agricultura -mejor dicho, de disparates en la agricultura- me entero de que se harán siembras experimentales de soya, apoyadas por una empresa brasileña. Si este experimento resulta igual que el arroz en la ciénaga de Zapata, el café en el Cordón de La Habana, los 8 millones de vacas y terneras para 1970 y la reconversión/destrucción de la industria azucarera, ya sabemos a que atenernos. Tantos experimentos descabellados, tantos recursos derrochados, tantas horas-hombre consumidas ¿para qué? En lugar de sembrar las muchas variedades de frijol que tenemos y que tanto nos gustan, soya. En lugar del mamey y el mango, maracuyá. Sospecho que detrás de todo esto hay unos cuantos que están ‘luchando’ su viajecito a Brasil, a ‘tomar experiencias’ para después venirnos a enseñar a nosotros lo que desde hace generaciones sabemos hacer muy bien y no nos dejan.

El viejo, la Internet y yo – Tercera Parte, Final

Un buen día, antes de cumplir los cuarenta años, auxiliado por una persona que no necesita presentación ni propaganda, inicié un blog. Sin entrar en detalles, lo hice porque necesitaba satisfacer una  necesidad de expresión largamente aplazada, quería contar las cosas que me gustaría fueran contadas y que no tienen cabida en los medios convencionales. El mayor mérito de su ayuda -y por lo que siempre tendrás mi agradecimiento, querida Yoani- es por lograr que me diera cuenta de que podía y quería hacerlo, y lo hizo de la misma manera que mi viejo me enseñó a nadar en una fría poceta del sitio donde nací: dándome un buen empujón. Ahora, varios meses y una treintena de posts después, me sorprende con la invitación a un evento y la solicitud de un texto sobre mi ardua experiencia como blogger isleño.

¿Qué valdría la pena reseñar de este tiempo? Al menos esto:

Gracias a la tecnología, la información digital es mucho más fácil de reproducir que la impresa. No puedo imaginar cómo se las arreglaban nuestros abuelos en la época en que lo más parecido a copiar un fichero era hacer fotocopia a la página de un samizdat. Gracias a Internet, el muro de aislamiento se hace más permeable. En apenas tres años, pude acceder a un enorme volumen de información a través de sitios, foros y libros electrónicos. En esa época, que parece tan lejana hoy, los blogs no tenían su actual protagonismo, eran los foros los lugares de intercambio por excelencia. Bajo esa influencia el mundo alcanzó para mí una dimensión que desbordó las 12 páginas impresas de los medios nacionales.

Cuando pienso en esto, creo que la acumulación de nuevos conocimientos, en conjunción con la madurez que viene con la edad, facilitó este cambio en mi concepto del mundo y me ayudaron a decidirme a escribir. Pero no me basta con tener algo que decir, y las ganas de decirlo, si no tengo unas pocas ideas sobre cómo decirlo. El blog es un medio espontáneo -y hasta superficial, si se quiere- marcado por la brevedad y la inmediatez, pero eso no significa descuido e improvisación. Por respeto al visitante, a nuestro idioma y a mí mismo, he esbozado un nivel estético y formal sobre el que pretendo mantener mi trabajo. El lector dirá la última palabra.

Llevar un blog puede ser agotador. Tanto para el cuerpo como para la mente. Desplazarme a los lugares de acceso, sentarme a escribir después de un día de trabajo, posponiendo la hora de dormir, cansa tanto como tener que organizar ideas y referencias, desempolvar herramientas intelectuales que tenía en desuso y valorar críticamente los materiales terminados.

Llevar un blog puede ser frustrante, sobre todo con tantas dificultades para el acceso. Dificultades que se agravan cuando se vive en provincias. El tiempo de conexión es caro y escaso. Hay que repetir envíos que se interrumpen cuando la línea se cae. No poder arreglar pequeños errores que se escapan. No poder leer o responder a los comentarios. Pocas posibilidades de establecer relaciones con otros bloggers. No poder corresponder con los ofrecimientos de intercambiar links. Imposibilidad casi absoluta de subir una imagen. Todo este rosario de impedimentos condiciona un estilo minimalista, excesivamente sobrio y visualmente aburrido. Se requieren geniales dotes de narrador para escribir textos que atraigan a los lectores y yo no las poseo.

Por estos y otros motivos, más de una vez he pensado en rendirme ante la adversidad. Desalentado por las escasas visitas y los exiguos comentarios, agobiado por este nuevo estadio de la incomunicación que me recuerda los mensajes en botellas enviados por los náufragos, he pensado en abandonar el blog, como se deja un barco que hace aguas. Parafraseando a Ponte, me pregunto a qué acude la gente para seguir con su blog. ¿Para qué hago esto? ¿Acaso por la fama, por dinero, por acumular links, por el reconocimiento, ahora o en el futuro, si todo sigue igual o si hay cambios? Entonces vuelvo a lo básico, la necesidad expresarme, de contar las cosas que me gustaría ver contadas. Respiro hondo, apago el monitor, le doy una vuelta al niño, le acomodo el mosquitero, tomo café en la cocina, prendo el último cigarrillo de la caja, vuelvo a respirar hondo, enciendo el monitor y sigo tecleando.