Deseos de fin de año

No deseo nada para mi, mi vida está hecha y tiene buen cauce. Si algo  pido, es perdón, por permitirme en esta oportunidad hablar en nombre de  otros, sin estar capacitado para hacerlo.

Deseo para mis hijos que en sus aulas, frente a ellos, haya maestros  como los que yo tuve. Personas maduras y cultas, que los eduquen con  paciencia y los reprendan con severidad, sin agredirlos. Maestros con  mayúscula, que basen su autoridad en el prestigio, la moral y el respeto  mutuo. Que les enseñen matemáticas y también a ser mejores seres  humanos.

Deseo para los jóvenes, determinación para rechazar las riendas y  barreras que les imponen, y decisión para emprender su propio camino.  Les deseo integridad y mesura, para que eviten caer en la prostitución,  tanto la del cuerpo, más común, como la más dañina e irreversible, que  es la prostitución del alma. Por último, les deseo sabiduría y  paciencia, para que permanezcan aquí, para que no nos abandonen. Su  lugar es este, junto a sus mayores, aunque la convivencia sea por  momentos agobiante.  Aquí comienza el largo y tortuoso camino hasta el  sitio que les corresponde ocupar y les ha sido vedado por tanto tiempo.  Solo juntos podemos hacer el cambio.

Deseo para mi país, libertad.

Solo eso y nada más necesita.

Y con estos deseos me despido hasta el 2009.

¡Feliz Año Nuevo!

Anuncios

Nada nos diferencia

El ángel tutelar de hoy es Abilio Estévez. Dramaturgo, narrador y poeta,  conocido y premiado, este cubano que vive en Barcelona ha publicado a  mediados de año la novela ‘El navegante dormido‘, última parte de una  trilogía que examina tres momentos de la tragedia de una familia y de  una ciudad. Una familia que intenta, sin conseguirlo, mantenerse unida.  Una familia que espera, con lento apuro, en una ciudad dónde el  tiempo avanza detenido, o no avanza, somos quizá nosotros los que  intentamos deslizarnos por entre un muro de tiempo. La inmovilidad ha  sido nuestra única movilidad. Una ciudad a la que se odia y se  ama con igual necesidad.

 Se odian las paredes mugrientas y despintadas, las calles pestilentes,  donde hace días que no se recoge la basura, y donde hay una apagada luz  de desidia y una sombra de desesperanza. Se odia una ciudad donde uno  siente que no tiene nada que hacer. Se odia la permanente necesidad de  huir. Se aman, sin embargo, esas mismas paredes y esas mismas calles, y  hasta esa fuerza que te obliga a repudiarla. Y lo más sorprendente:  cuando estás lejos quieres regresar, para seguir odiándola y seguir  amándola con igual fervor, con igual necesidad. Quieres librarte de ella  y no quieres librarte de ella. Es fatal, como el propio cuerpo, como la  propia familia. Una ciudad es un destino.

Ocurrió a principios de los noventa. El muro de Berlín ya se había  caído, en Moscú miles de personas hacían cola frente a McDonald’s y en  La Habana decenas de uniformados sin uniforme hacían cola frente a un  cine para ver ‘Alicia en el pueblo de Maravillas‘. Estrenando mis  veintidós años, iba por la vida con esa sensación de omnipotencia que  dan las hormonas, la despreocupación y la falta de ciertas lecturas.  Hemingway acostumbraba decir que todo hombre tiene siempre un trago de  menos. En mi versión particular de la frase, sustituía trago por libro.  Así, una de mis ocupaciones favoritas al llegar a cualquier pueblo o  ciudad, era buscar la librería, recorrerla sin prisa y -cual devoto que  visita el templo-, ofrendar un poco de dinero a cambio de cierta  cantidad de papel impreso. En una de esas exploraciones fue que lo  encontré.

Era un cuadernito pequeño y breve. Cabía en la palma de mi mano y sus  escasas sesenta páginas ocupaban un espacio similar al que queda entre  los dedos pulgar e índice cuando demostramos de qué tamaño es un tin. La  cubierta, tenue y discreta, informaba del título: ‘Manual de las  tentaciones‘, declaraba el nombre del autor  y especificaba -cómo si  fuera necesario-que el contenido era poesía. Recuerdo que mientras lo  examinaba, me decía con extrañeza que Abilio no parecía nombre de poeta,  sino de guajiro. Podía tratarse, quizás, de un libro de décimas. Lo abrí  al azar y lo que leí me hizo olvidar las elucubraciones sobre nombres y  décimas:

Una tarde cualquiera un hombre pasará frente a tu puerta. Por casualidad  te asomarás a la calle. Se mirarán: los ojos de ambos se encontrarán un  segundo. Un solo segundo. Y ya nada será igual. Nunca más volverás a  verlo; él tampoco volverá a verte. Pero tanto él como tú sabrán que todo  lo pasado y lo porvenir estaban contenidos en ese instante, y creerán  que vivir es prepararse para una mirada en la que todo esté dicho.

Varias son mis deudas con esa discreta gema que Abilio escribió para  nosotros. Comprobar una vez más que la poesía es cuestión de esencias  más que de formas. Descubrir dos nombres imprescindibles entre tantos  otros: Lezama y Virgilio. Disfrutar de un estilo sobrio y profundo, que  -lo confieso sin pudor- trato de imitar y aprehender vorazmente.  Entender que las tentaciones, grandes y pequeñas, son  inseparables de  nuestra existencia y que sin ellas no hay final feliz para el  viaje.

Doble es mi agradecimiento para el ángel de hoy, por sus hermosos textos  y por permitir que sean publicados aquí, para disfrute del visitante.  Gracias, Abilio.

ELECCIONES

Elegir una puerta es dejar puertas sin abrir.  Un placer presupone que muchos placeres no serán vividos, así como cada  tristeza dispensa de tantas tristezas.  El amante que llevas a la cama es uno entre todos los posibles.  La palabra escogida impide el uso de un número indefinido de palabras.  Visitas un lugar para que otros lugares queden esperando por ti.  Sólo el día que amanece para tu muerte es un día cualquiera, una  casualidad.

TAN CERCA DEL SIGLO XXI

Como ha ocurrido desde siempre, también nosotros debemos esperar la  noche y la ceremonia del sueño y del silencio. Debemos ocultarnos -que  no nos vean, que no nos oigan- aunque estemos a finales del siglo XX y  el siglo próximo amenace con transformarnos en la sociedad más avanzada  de las que pueblan el Universo. Esta es una noche de todas las épocas.  Entro oculto en tu casa y desciendo hasta el cuarto. Lo he cumplido como  cualquier amante de Cnosos. En la calle han quedado los prejuicios, y al  confundirme contigo me siento limpio y fuera del tiempo. Estás ahí y yo  despierto. Tan cerca del siglo XXI me conmueve tu hermosura y te abrazo  y tengo miedo. El silencio de la casa es una civilización que se asoma a  la ventana. Nada es distinto en nuestro beso: es el mismo, sencillo y  perdurable, del primer hombre que pudo descubrir los labios. Nos  desnudamos y estamos en Alejandría o en La Habana. Acaricio tu pecho,  recorro con mi boca tus muslos,  y alcanzo el mismo gozo de los jóvenes  de Umbría. Nada nos diferencia: cuando vamos a unirnos es posible  comprobar que el tiempo no ha transcurrido. Ahora conozco el deleite del  artista al cincelar el torso, la pelvis y los brazos de su Hermes. El  placer eres tú y soy yo, que pertenecemos a todas las épocas, y si me  acaricias es el presente, pero también el pasado y el futuro y no puede  haber nada condenable. Uno en otro, uno sobre otro en la sábana  blanquísima, nos convertimos en la pareja rescatada de la muerte. La  eternidad también ha descendido a este sótano húmedo y oscuro.

Del libro: ‘Manual de las tentaciones’, Letras Cubanas, 1989.  —

XVI

Hubo alguna vez en la Tierra la isla-más-isla-de-las-islas. A su  alrededor, el horizonte no era una línea imaginaria, sino el sitio donde  cielo y mar se unían verdaderamente.

XVII

Quizá la historia que narro no sea cierta. ¿Cuál es la historia que no  pueda ser contada desde el lado opuesto? La mentira es mi única verdad.  Yo miento por lo mismo que huyo y la más grande mentira es el regreso.

XVIII

No fui rey, sin embargo tampoco pude beber el agua del río ni comer la  fruta. Yo deambulaba por la isla y lo hermoso se apartaba de mí. Quise  tocar un cuerpo y el resplandor de su violenta juventud detuvo la mano.  Nunca hubo cuerpo que pudiera tocar. En los banquetes quedaba solo, sin  probar bocado. Nadie me miraba, nadie quería mirarme como si en mi  cabeza crecieran serpientes. Solo estuve durante años en la casa frente  al mar. No nací para vivir sino para contar que vivía.

XXII

El cielo está en el infierno y los dos en la isla. Yo dormí con la  angustia que da el vino o el haschís. De tanto escapar quedé sin  piernas. De tanto decir adiós quedé sin brazos. De tanto esconderme me  concedieron la impalpabilidad. Todos y nadie, dormí en el  dulce-horror-plácido de la isla. Perseguido. Mi biografía es el libro de  la persecución. Dormí sin monstruos: los más atroces y los más  inofensivos habían huido de una tierra donde la embriaguez conduce al  espanto. No había  monstruos, debí convertirme en  monstruo. Inventé el  estar-despierto-en-el-estar-dormido. Así pude defenderme y construir  otro mundo en los lugares donde el mundo comenzaba a desaparecer. Dormí  despierto, fingiéndome borracho. Ya el gigante gordo que empleaba  palabras-enigmas, ya el basilisco de las furias. Poseí las claves de la  isla. No me vieron, yo dormía, y dormido huí para injuriar y blasfemar;  lloré un amor imposible, que es el único modo posible de ser el amor;  conté el jardín inmóvil; regresé a  la semilla; convertí a una mujer en  conejo; negrero, nacido con la Paz de Basilea, me hice al mar en barco  de tres palos; estuve en la cárcel; viví en la Calzada de Jesús del  Monte; fui homicida, aristócrata, obrero, pornógrafo, tuberculoso, poeta  galante y embajador.  Perseguido. Condenado. Mi biografía es el libro de  la condenación. Encerrado en cuartos, baúles, toneles, maniatado,  amordazado, escribiendo dormido en las paredes. Yo escribía  otoño y el suelo de la isla se cubría de hojas. Viví  desterrado en Persia y China, en los páramos de Yorkshire. Siempre viví  aquí. Me incineraron en París y New York y al final mis cenizas  terminaron aquí. Nunca abandoné la isla a pesar de tantos buques y mares  fingidos. Quisieron enloquecerme y los enloquecí. Transformándome con  cada muerte, siendo todos y nadie, regresando en apariencia dormido, con  el nombre inesperado, mi nombre de transformista, mi disfraz, construido  de disfraces antagónicos y sin embargo de rara semejanza. Deslumbrantes  cambios para consternar, en el fondo hombre-único, dormido en  apariencia, escribiendo en las paredes lluvia para  que el agua aliviara los cuerpos. Llegué a ser el primer hombre múltiple  de la isla y no me arrepiento. Hubiera querido diferente destino,  alfarero, ladrón por ejemplo, pícaro, bailarín. Con gusto hubiera dado  mis manos por despertar en los demás la chispa del deseo.  Me hubiera  entregado con deleite a la morosidad de la hamaca y gustado del jugo del  níspero. Pero nací para el insomnio y la simulación.  Felicidad es la única palabra que queda inerte en el  muro. Si otros reciben su fuerza, yo no. No obstante,  ¿puedo hablar  de  mala fortuna? Estoy aquí y basta. A diario vienen peregrinos a mi tumba.  Traen flores, hojas de albahaca; van luego con miel y alabanzas al lugar  donde habré de nacer. Muero y renazco en la isla. La odio porque sólo  odiando me enseñaron a amar.

Del libro: ‘Muerte y transfiguración’, Ediciones Holguín, 2002.  [FIN]

Homenaje a JFP

Juan Francisco Pulido habría cumplido 30 años el 14 de noviembre pasado.  Me he enterado de su historia por el primo Frank, que ha venido de  visita. Me trae un texto que llevaba algún tiempo preparando y que  decidió  completar con los versos de JFP que forman el título y el  exordio. En coincidencia con un post anterior, el tema del suicidio está   presente. Hemos decidido, aunque resulte paradójico, no  publicar  detalles de la vida y obra de Juan Francisco, con la esperanza de  motivar al lector a que busque por su cuenta y descubra, sin mediadores  ni influencias, lo que de ello decida guardar para sí.


Al carajo la vida 

Por Frank El Primo

… soy  libre, pero tengo sueño.

Juan Francisco Pulido, poeta, emigrante y suicida (Cienfuegos  1978-Minnessotta 2001)

¿Apago la luz?, es un bombillo ahorrador, arriba del espejo del baño,  que  alumbra bien aunque dándole vuelta para encenderlo no durará mucho  pero no importa mejor lo dejo así. No va a gastar tanto y dinero queda.  Esta del cuarto sí la dejo apagada, ya estoy acostumbrado a la oscuridad  en estos tres días con los ojos tapados por la cabrona conjuntivitis que  primero fueron los pulmones luego el polvo de la placa y ahora esta  ceguera que me tiene hecho un mierda, por dentro y por fuera. Ya las  puertas están bien cerradas porque se lo pregunté y ella siempre lo hace  sin que la mande, es que no me gustaría que a estas alturas los ladrones  me den un palo, que se lleven algo de lo que va a quedar aunque algo se  llevarán cuando entren buscando lo primero que les piden de la jefatura:  ¨¿No encontraron nada escrito? ¡Sigan buscando!¨, una carta, una nota,  un papelito es lo primero que tienen que encontrar para darse una  explicación, si tuviera una porque seguro todo debe tenerla pero no voy  a ser yo quien se las dé, que la busquen ellos y que se jodan igual que  me toco a mí entonces. Seguro se llevan la agenda negra pero ahí solo  hay nombres con  direcciones, algunas décimas. También las van a buscar  a ellas pero esas se las voy a dejar a mano, cerquita las dos aunque va  y no se contentan con eso y se ponen a buscar más ¨¡Busquen bien que  esto debe estar lleno de armas!¨ como si esta cabrona casa fuera un  escondite de piratas. Eso es lo que debo parecer con este pañuelo en la  cabeza, a mí que nunca me han gustado los piratas. Prefiero los  vaqueros, con botas altas y sombrero que no tengo porque botas si pero  sombrero hace tiempo que trato de buscar uno que sea vaquerito y nadie  me lo trae ni me lo manda, para usarlos el día que lleguen los yanquis.  En esta cuadra nadie sabe lo que tiene que hacer ese día, el único que  tiene un plan soy yo, voy a salir como un vaquero a asaltar la chopin,  pero solo voy a meterle mano a la comida y cargar toda la que quepa en  el sacapunta y cuando llegue a la cuadra repartirle a la gente los  chorizos y el jamón, los quesos y chocolates con las aceitunitas, todo  lo voy a repartir menos la leche porque esa es para nosotros aunque el  viejo me la trae hasta la casa, claro que tiene suerte porque no se  esconde y  casi nunca lo paran yo se que usa mi nombre cuando lo han  parado: ¨¡Esta leche es para el coronel!¨, es un bicho el viejo pero más  bicho soy yo. Por eso cuando me quiso subir un peso por cada litro le  dije que de eso nada: ¨¿Y mi nombre? ¿Cuánto vale mi nombre?¨. Depende,  el viejo me lo puso por un tipo muy rico de aquella época pero eso de  los nombres es  injusto porque uno no puede escoger el suyo y a veces no  puedes ni escoger lo que quieres ser, como yo que quería ser piloto pero  no se podía había que ser guerrillero, soldado, siempre combatiente  listo a ir donde te mandaran, para el Escambray, para Liberación  Nacional o Angola. A descarrilar un tren y hacer explosivos con una  latica de leche condensada, apretar el gatillo como en el Escambray  porque en Angola no tuve que hacerlo, lo de allí solo era asesorar a los  Fapla para saber cuales de los presos habían participado en los asaltos  a los quimbos y luego presenciar  los fusilamientos. Esas eran las  órdenes de la jefatura. Allá en el Escambray sí lo halé, tanto que  todavía me despierto cuando acabo de soltarlo y ya salieron todos los  tiros, entonces vuelven los nombres con sus apellidos, sus alias. No  logro olvidar nada, morir debe ser más fácil que apretar el gatillo y  quedar vivo con tantos recuerdos, para luego verlo en la televisión  diciendo que eso nunca se hizo: ¨¿Cómo que no, si yo estaba allí y me  acuerdo de todo?¨, lo mejor sería hacer un libro vaya algo así como ¨Los  cuentos de la Macorina¨, la muñequita negra que le dábamos para que la  cargaran delante de sus compañeros: ¨¿Este es el tipo duro que los manda  a ustedes…?¨, y el preso durmiendo a la negrita, cantándole una  canción. Por ahí quedan quienes se acuerdan, como yo, pero a mi  no me  gusta escribir prefiero inventar historias y luego contarlas o verlas en  el televisor como el documental que pusieron hoy del gordo de la  gorrita. Mucha sangre, muchos tiros, muchos jóvenes muertos con sus  sueños acabados. Como los de ella que está dormida pero ya no sueña solo  sufre por él, por mi, por ella misma y ya no quiere ni dejarme solo,  aunque a veces dice que estoy insoportable yo sé como se siente y no me  deja para que no haga una locura  eso es lo primero que dicen: ¨¡se  volvió loco!¨, ahora, cuando más cuerdo estoy.  Hace calor pero no voy a  poner el aire. Este cuarto lo dejo todo cerrado. Mejor uso la pequeña  porque la grande la van a venir buscando por la licencia pero esta tiene  gente atrás, que están locos por ella, es verdad que queda cómoda en el  tobillo y en la mano casi no pesa pero de regalado nada si hace poco se  la quise vender a un amigo y no me la compró pero se me apareció con la  carga que tiene puesta. Ahora que ella está bien dormida ¿no sentirá  nada?, yo sí volveré a sentirlo, por última vez, aunque solo quisiera  saber una cosa: ¿Quién apagará la luz?

Reinaldo Arenas in memoriam

El 7 de diciembre de 1990 fue un viernes común en la ciudad de Nueva  York. Nada extraordinario cambió el ritmo con que fluye la vida en la  gran manzana. En su apartamento atestado de libros, el escritor Reinaldo  Arenas se prepara para poner fin  a su vida. Enfermo de SIDA, ha  concentrado sus energías en terminar la novela ‘El color del verano’ y  su autobiografía. Ahora que están listas, se apresura en sacarle la  lengua por última vez a la pelona, riéndose para sí. Dando prueba de un  valor que ya quisieran tener muchos que se jactan de su hombría, impuso  sus condiciones a la vida y a la muerte, hasta el final.

Dieciocho años después, la lectura de su novela me ha alcanzado para  intuir su grandeza. Retazos dispersos de su historia personal, anécdotas  que se cuentan y transforman, flujo y reflujo de corrientes subterráneas  colaboran en la urdimbre de su leyenda. Con mas dudas que certezas,  sabiendo que su obra es una asignatura pendiente para muchos de  nosotros, quiero recordar hoy a ese gran cubano que es Reinaldo Arenas.  Y para ello voy a tomar prestadas las palabras que otra gran cubana,  escritora como él, le dedicó el año pasado. Palabras que suscribo,  excepto lo referido a aterrizar en  Nueva York, por razones obvias.

Cuando Arenas consiguió por fin escapar de Cuba, en el éxodo de 1980, yo  apenas tenía siete añitos y jamás había escuchado su nombre. Cuando  aterricé por primera vez en Nueva York, mucho tiempo después, ya él se  había suicidado. Nunca llegué a conocerlo en persona. Quizá por eso me  importa un chícharo la montaña de insultos y otros argumentos ad hominem  con que pretenden silenciarlo, aun después de muerto, sus detractores.  Está claro que no fue un santo. Sólo un escritor con una enorme vocación  de franqueza que defendió contra viento y marea, en circunstancias  particularmente difíciles, su derecho a expresarse con entera libertad.  Uno que no se doblegó, en el mismo ámbito donde muchos otros, todavía  hoy, se arrastran.

Tomado de:
El escalofrío y la carcajada
Ena Lucía Portela
28/04/2007

Sueños embotellados – Tercera Parte, Final

Pero ya era tarde, al menos para recuperar su familia. Aunque la artesanía le reportaba mejores ingresos y disponía de más tiempo para estar en casa, las borracheras, cada vez más frecuentes, terminaron por enemistarlo con todos. El hijo fue el primero en irse en busca de un sueño, que encontró en tierras más frías. La mujer le pidió el divorcio, aunque continuó viviendo en la casa, por no tener adonde ir. Se soportaron y se celaron mutuamente, y según las malas lenguas -que en todo pueblo hay- alguna reconciliación temporal hubo, hasta que ella consiguió salir en misión a una selva  latinoamericana, para hacerse de un poco de dinero y mejorar algo a su regreso. Aunque ella le ha dejado bien claro que su matrimonio ya terminó, él no pierde las esperanzas de volverla a conquistar.

Los años de soledad lo han afectado mucho. Sobre todo la falta de interlocutores, acostumbrado como estaba a lidiar con tanta gente, en discusiones y parrandas. Cuando alguien lo visita, le resulta difícil desprenderse de su conversación fácil, sus cuentos y ocurrencias, que surgen cual corriente represada que encuentra un cauce momentáneo para aliviar. A veces, cuando sale por las tardes a buscar materia prima para su taller, termina en algún sitio donde encuentra bebida y conversación. Y vuelve a sentirse a gusto, en medio de las interminables discusiones que tan bien se dan a la sombra de una botella. Como no ha perdido la costumbre de decir lo que piensa, incrementa su fama de loco entre quienes frecuentan esos lugares. Otros lo creen provocador o informante, pues no se imaginan que alguien que diga semejantes cosas pueda estar en la calle. Para otros es simplemente un viejo borracho. Uno más.

Cuando regresa tarde a su casa, nunca falta un vecino preocupado que le brinde un plato de comida si está despierto, o le cierre la puerta si duerme. Al siguiente día, se levanta maltrecho, sintiendo el peso de los años. Se repite por enésima vez que ya está muy viejo para esas gracias, mientras prepara el trabajo del día, que sabe por experiencia será más agotador que de costumbre. Y así continúa, un día tras otro. Después de tantos años, el velero de sus sueños de juventud se ha reducido hasta caber en un frasquito de inyecciones.

 "suenobotella.jpg"