Nada nos diferencia

El ángel tutelar de hoy es Abilio Estévez. Dramaturgo, narrador y poeta,  conocido y premiado, este cubano que vive en Barcelona ha publicado a  mediados de año la novela ‘El navegante dormido‘, última parte de una  trilogía que examina tres momentos de la tragedia de una familia y de  una ciudad. Una familia que intenta, sin conseguirlo, mantenerse unida.  Una familia que espera, con lento apuro, en una ciudad dónde el  tiempo avanza detenido, o no avanza, somos quizá nosotros los que  intentamos deslizarnos por entre un muro de tiempo. La inmovilidad ha  sido nuestra única movilidad. Una ciudad a la que se odia y se  ama con igual necesidad.

 Se odian las paredes mugrientas y despintadas, las calles pestilentes,  donde hace días que no se recoge la basura, y donde hay una apagada luz  de desidia y una sombra de desesperanza. Se odia una ciudad donde uno  siente que no tiene nada que hacer. Se odia la permanente necesidad de  huir. Se aman, sin embargo, esas mismas paredes y esas mismas calles, y  hasta esa fuerza que te obliga a repudiarla. Y lo más sorprendente:  cuando estás lejos quieres regresar, para seguir odiándola y seguir  amándola con igual fervor, con igual necesidad. Quieres librarte de ella  y no quieres librarte de ella. Es fatal, como el propio cuerpo, como la  propia familia. Una ciudad es un destino.

Ocurrió a principios de los noventa. El muro de Berlín ya se había  caído, en Moscú miles de personas hacían cola frente a McDonald’s y en  La Habana decenas de uniformados sin uniforme hacían cola frente a un  cine para ver ‘Alicia en el pueblo de Maravillas‘. Estrenando mis  veintidós años, iba por la vida con esa sensación de omnipotencia que  dan las hormonas, la despreocupación y la falta de ciertas lecturas.  Hemingway acostumbraba decir que todo hombre tiene siempre un trago de  menos. En mi versión particular de la frase, sustituía trago por libro.  Así, una de mis ocupaciones favoritas al llegar a cualquier pueblo o  ciudad, era buscar la librería, recorrerla sin prisa y -cual devoto que  visita el templo-, ofrendar un poco de dinero a cambio de cierta  cantidad de papel impreso. En una de esas exploraciones fue que lo  encontré.

Era un cuadernito pequeño y breve. Cabía en la palma de mi mano y sus  escasas sesenta páginas ocupaban un espacio similar al que queda entre  los dedos pulgar e índice cuando demostramos de qué tamaño es un tin. La  cubierta, tenue y discreta, informaba del título: ‘Manual de las  tentaciones‘, declaraba el nombre del autor  y especificaba -cómo si  fuera necesario-que el contenido era poesía. Recuerdo que mientras lo  examinaba, me decía con extrañeza que Abilio no parecía nombre de poeta,  sino de guajiro. Podía tratarse, quizás, de un libro de décimas. Lo abrí  al azar y lo que leí me hizo olvidar las elucubraciones sobre nombres y  décimas:

Una tarde cualquiera un hombre pasará frente a tu puerta. Por casualidad  te asomarás a la calle. Se mirarán: los ojos de ambos se encontrarán un  segundo. Un solo segundo. Y ya nada será igual. Nunca más volverás a  verlo; él tampoco volverá a verte. Pero tanto él como tú sabrán que todo  lo pasado y lo porvenir estaban contenidos en ese instante, y creerán  que vivir es prepararse para una mirada en la que todo esté dicho.

Varias son mis deudas con esa discreta gema que Abilio escribió para  nosotros. Comprobar una vez más que la poesía es cuestión de esencias  más que de formas. Descubrir dos nombres imprescindibles entre tantos  otros: Lezama y Virgilio. Disfrutar de un estilo sobrio y profundo, que  -lo confieso sin pudor- trato de imitar y aprehender vorazmente.  Entender que las tentaciones, grandes y pequeñas, son  inseparables de  nuestra existencia y que sin ellas no hay final feliz para el  viaje.

Doble es mi agradecimiento para el ángel de hoy, por sus hermosos textos  y por permitir que sean publicados aquí, para disfrute del visitante.  Gracias, Abilio.

ELECCIONES

Elegir una puerta es dejar puertas sin abrir.  Un placer presupone que muchos placeres no serán vividos, así como cada  tristeza dispensa de tantas tristezas.  El amante que llevas a la cama es uno entre todos los posibles.  La palabra escogida impide el uso de un número indefinido de palabras.  Visitas un lugar para que otros lugares queden esperando por ti.  Sólo el día que amanece para tu muerte es un día cualquiera, una  casualidad.

TAN CERCA DEL SIGLO XXI

Como ha ocurrido desde siempre, también nosotros debemos esperar la  noche y la ceremonia del sueño y del silencio. Debemos ocultarnos -que  no nos vean, que no nos oigan- aunque estemos a finales del siglo XX y  el siglo próximo amenace con transformarnos en la sociedad más avanzada  de las que pueblan el Universo. Esta es una noche de todas las épocas.  Entro oculto en tu casa y desciendo hasta el cuarto. Lo he cumplido como  cualquier amante de Cnosos. En la calle han quedado los prejuicios, y al  confundirme contigo me siento limpio y fuera del tiempo. Estás ahí y yo  despierto. Tan cerca del siglo XXI me conmueve tu hermosura y te abrazo  y tengo miedo. El silencio de la casa es una civilización que se asoma a  la ventana. Nada es distinto en nuestro beso: es el mismo, sencillo y  perdurable, del primer hombre que pudo descubrir los labios. Nos  desnudamos y estamos en Alejandría o en La Habana. Acaricio tu pecho,  recorro con mi boca tus muslos,  y alcanzo el mismo gozo de los jóvenes  de Umbría. Nada nos diferencia: cuando vamos a unirnos es posible  comprobar que el tiempo no ha transcurrido. Ahora conozco el deleite del  artista al cincelar el torso, la pelvis y los brazos de su Hermes. El  placer eres tú y soy yo, que pertenecemos a todas las épocas, y si me  acaricias es el presente, pero también el pasado y el futuro y no puede  haber nada condenable. Uno en otro, uno sobre otro en la sábana  blanquísima, nos convertimos en la pareja rescatada de la muerte. La  eternidad también ha descendido a este sótano húmedo y oscuro.

Del libro: ‘Manual de las tentaciones’, Letras Cubanas, 1989.  —

XVI

Hubo alguna vez en la Tierra la isla-más-isla-de-las-islas. A su  alrededor, el horizonte no era una línea imaginaria, sino el sitio donde  cielo y mar se unían verdaderamente.

XVII

Quizá la historia que narro no sea cierta. ¿Cuál es la historia que no  pueda ser contada desde el lado opuesto? La mentira es mi única verdad.  Yo miento por lo mismo que huyo y la más grande mentira es el regreso.

XVIII

No fui rey, sin embargo tampoco pude beber el agua del río ni comer la  fruta. Yo deambulaba por la isla y lo hermoso se apartaba de mí. Quise  tocar un cuerpo y el resplandor de su violenta juventud detuvo la mano.  Nunca hubo cuerpo que pudiera tocar. En los banquetes quedaba solo, sin  probar bocado. Nadie me miraba, nadie quería mirarme como si en mi  cabeza crecieran serpientes. Solo estuve durante años en la casa frente  al mar. No nací para vivir sino para contar que vivía.

XXII

El cielo está en el infierno y los dos en la isla. Yo dormí con la  angustia que da el vino o el haschís. De tanto escapar quedé sin  piernas. De tanto decir adiós quedé sin brazos. De tanto esconderme me  concedieron la impalpabilidad. Todos y nadie, dormí en el  dulce-horror-plácido de la isla. Perseguido. Mi biografía es el libro de  la persecución. Dormí sin monstruos: los más atroces y los más  inofensivos habían huido de una tierra donde la embriaguez conduce al  espanto. No había  monstruos, debí convertirme en  monstruo. Inventé el  estar-despierto-en-el-estar-dormido. Así pude defenderme y construir  otro mundo en los lugares donde el mundo comenzaba a desaparecer. Dormí  despierto, fingiéndome borracho. Ya el gigante gordo que empleaba  palabras-enigmas, ya el basilisco de las furias. Poseí las claves de la  isla. No me vieron, yo dormía, y dormido huí para injuriar y blasfemar;  lloré un amor imposible, que es el único modo posible de ser el amor;  conté el jardín inmóvil; regresé a  la semilla; convertí a una mujer en  conejo; negrero, nacido con la Paz de Basilea, me hice al mar en barco  de tres palos; estuve en la cárcel; viví en la Calzada de Jesús del  Monte; fui homicida, aristócrata, obrero, pornógrafo, tuberculoso, poeta  galante y embajador.  Perseguido. Condenado. Mi biografía es el libro de  la condenación. Encerrado en cuartos, baúles, toneles, maniatado,  amordazado, escribiendo dormido en las paredes. Yo escribía  otoño y el suelo de la isla se cubría de hojas. Viví  desterrado en Persia y China, en los páramos de Yorkshire. Siempre viví  aquí. Me incineraron en París y New York y al final mis cenizas  terminaron aquí. Nunca abandoné la isla a pesar de tantos buques y mares  fingidos. Quisieron enloquecerme y los enloquecí. Transformándome con  cada muerte, siendo todos y nadie, regresando en apariencia dormido, con  el nombre inesperado, mi nombre de transformista, mi disfraz, construido  de disfraces antagónicos y sin embargo de rara semejanza. Deslumbrantes  cambios para consternar, en el fondo hombre-único, dormido en  apariencia, escribiendo en las paredes lluvia para  que el agua aliviara los cuerpos. Llegué a ser el primer hombre múltiple  de la isla y no me arrepiento. Hubiera querido diferente destino,  alfarero, ladrón por ejemplo, pícaro, bailarín. Con gusto hubiera dado  mis manos por despertar en los demás la chispa del deseo.  Me hubiera  entregado con deleite a la morosidad de la hamaca y gustado del jugo del  níspero. Pero nací para el insomnio y la simulación.  Felicidad es la única palabra que queda inerte en el  muro. Si otros reciben su fuerza, yo no. No obstante,  ¿puedo hablar  de  mala fortuna? Estoy aquí y basta. A diario vienen peregrinos a mi tumba.  Traen flores, hojas de albahaca; van luego con miel y alabanzas al lugar  donde habré de nacer. Muero y renazco en la isla. La odio porque sólo  odiando me enseñaron a amar.

Del libro: ‘Muerte y transfiguración’, Ediciones Holguín, 2002.  [FIN]

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2 comentarios el “Nada nos diferencia

  1. GOOOOOOL dice:

    Bravo, guajiro. Tus reflexiones sobre nuestros más desconocidos escritores me hacen vibrar. Y digo desconocidos porque entrar a una librería es un lujo que pocos podíamos darnos en la isla. Ya sé que tal vez exagero, pero los últimos años que viví allí (en mi querida isla), no podía ocuparme de otra cosa que no fuera comprar comida a sobreprecio. Lamento no haber tenido la entereza de pasar hambre con tal de leer a los escritores cubanos que se escurren entre los libreros cargados de obras políticas.Un abrazo

  2. mjpster dice:

    Thank you for introducing me to Abilio Estevaz — I went to the library two days ago and they had two of his books in English (they also had them in Spanish but they were checked out). I’m almost done with Distant Palaces (Los palacios distantes) and I love it. When I finish it (probably tonight), I will start Thine is the Kingdom (Tuyo es el reino).And thank you, every day, for your blog!!!!!Un abrazo fuerte

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