El Mañana Nunca Llega

Debo aclarar que yo no he escrito estas palabras. Una amiga las ha recibido desde una lista de correo, asi que no tenemos idea de quien es su autor. Ambos creemos que el mensaje es útil y esperamos que los lectores lo reciban con agrado.

Parte de la belleza del niño consiste en la falta de un mañana, todo lo vive en este instante y sin conflictos acerca del futuro. Comienzas a perder la niñez cuando comienzas a pensar en el mañana. Dejas de vivir en completo asombro, para comenzar a vivir en una gran tristeza y agonía, que viene del saber desde lo más profundo de ti que el mañana no llegará, pero sin embargo haces planes, construyes castillos en el aire y dices:

-El matrimonio hasta la muerte, -Tu amor hasta la muerte,

Todo en función del mañana. Tu vida se convierte en una ambición de alcanzar tus sueños, tus fantasías, pero tarde o temprano te das cuenta que lo más bello de ti lo has perdido. Tu juventud, tu belleza, tu inteligencia y todo se ha perdido con el sueño del mañana, con esa falsa promesa que te has hecho.

La verdadera felicidad solo es posible viviendo en el eterno ahora, el pasado y el futuro son espejismos de la mente, son trampas que el ego ha creado para hacerte perder este momento, para robarte, tu libertad de vivir aquí y ahora.

El mañana nunca llega, miles de seres han esperado mil y una cosas, la resolución de todos sus problemas, la venida del profeta, el fin del mundo, pero sin embargo, mueren sin ver el mañana, solo aquel que es sabio vive el momento intensamente, se entrega totalmente, simplemente porque sabe que este momento no volverá, es imposible que se repita.

No escuches la mente cuando te habla sobre el mañana, esa es la verdadera tentación, esa es la serpiente del edén, que promete lo que no existe, que se aprovecha de tu ambición, de tu creer en el mañana.

El hombre sabio mira siempre lo inevitable, lo inevitable es que este momento no volverá, por esta razón aprovecha su vigor, su inteligencia, su claridad mental con un solo propósito, el de ir más allá de la mente, el de ir más allá de las apariencias, el de eliminar todo los aspectos negativos de su interior aquí y ahora.

El hombre sabio sabe que nada es para siempre y no solo lo sabe sino que también lo vive, lo vive de una forma que transforma los lugares donde se mueve, los convierte en un paraíso, de ahí la belleza de un hombre, de una mujer que conocen la verdad, que viven en Dios, que han ido más allá del ego.

El presente es la única realidad que existe. La felicidad está en tus manos, vive el presente y haz que tu luz brille.

SEGUNDA MUERTE DE FABRICIO

Autor: Sindo Pacheco 

El 15 de septiembre de 1980, a los 75 años de edad, el corazón de Fabricio Campoamores se aburrió de tanto latir. Luego de atravesar el famoso túnel, del que tanto hablan los que han regresado de la muerte, Fabricio se vio en un descampado frente a una empinada colina, cuya ladera, revestida de una capa de hierba muy fina, tenía una escalera de mármol que conducía hasta la cima, y por donde una rubia despampanante descendía los escalones.

Era la joven más hermosa que jamás había visto, el ideal de princesa que todo hombre se fabrica y se reinventa en sus fervientes elucubraciones. Unos rizos dorados envolvían su rostro, en el cual, perfectamente simétricos, dos ojos casi transparentes lo miraban con una especie de cariño. Su nariz recta bajaba invicta hasta unos labios que eran la representación más exacta que podía haber de un beso. Traía un traje rojo, aterciopelado, unos botines de invierno, y en su mano derecha, un largo puntero de madera.

—Esta es la montaña de las faltas leves. Tiene derecho a callar si así lo considera —dijo, con una voz melodiosa, como un tintinear de cascabeles.

Fabricio no entendió qué era lo que debía callar. Había sido un hombre de bien, pa-dre de familia, trabajador, disciplinado. Durante cuarenta años al frente de la fábrica de gofio fue el primero en llegar cada mañana a observar, erguido ante la puerta, la entrada de cada uno de sus empleados. Tenía obsesión con la puntualidad, y de ser un aficionado a la lectura hubiera tomado a Phileas Fogg, el de La vuelta al mundo en ochenta días, como su ídolo a seguir.

Fabricio no dejaba de mirar a la princesa, que parecía esperar un gesto suyo de atención. Quiso hacer una pregunta, pero antes que moviera los labios, ella le trajo la respuesta.

—Para usted son nueve las montañas. La número dos corresponde a las faltas no tan leves, la tres incluye aquéllas de tipo profundas, y así sucesivamente.

La joven movió el puntero de un lado a otro, como si descorriera la cortina del paisaje e, inmediatamente, desapareció la colina surgiendo ante sus ojos la funeraria del pueblo. Vio a su esposa Lucrecia, sus hijos Fabricio y Rafael, y una discreta concurrencia de otros familiares, vecinos y ex compañeros de trabajo, que seguramente estaban allí velando su cadáver. Su primera preocupación fue llegar tarde a su entierro, lo cual sería el colmo de la presunción, aún cuando no podía agradecerle a nadie su presencia.

—¿Sabe qué es? —preguntó la muchacha.
—Yo, que estoy muerto —dijo Fabricio, encogiéndose de hombros.

Ella se quitó la chaqueta, que depositó sobre la hierba, dejando al descubierto una blusa blanca de mangas, ceñida a su torso. Fabricio había empezado a sentir inquietud, al parecer alguien se empeñaba en burlarse de él, en humillarlo. La joven movió el puntero de Este a oeste trazando un redondel en el espacio, y surgió una campiña, cuya casa de madera y techo de guano, Fabricio creyó haber visto en otra parte.

Por los alrededores de la vivienda dos niños corrían despavoridos. De pronto uno tomó al otro de las orejas y comenzó a tirar con todas sus fuerza. A los gritos del segundo, una joven se asomó al patio, dispuesta a socorrerlo.

Fabricio sintió una ternura indescriptible al contemplar la imagen de su madre recuperada del tiempo y el olvido. Entonces reconoció a su primo Evaristo, dos años menor que él, y sintió remordimientos por haberlo lastimado. Recordó que había sido un niño inquieto, hala-orejas, muerde-brazos, pellizca-barrigas y se arrepintió en su corazón de aquel lejano proceder.
—¿Sabe quién es el agresor? —preguntó la joven.
La palabra agresor casi paraliza a Fabricio, pero ya tenía la respuesta en la punta de la lengua.
—Soy yo, pero si usted me permite…

La joven no pareció escuchar sus argumentos. Se despojó de la blusa y de la falda. Su cuerpo deslumbraba metido en aquel ligero traje de baño. Fabricio cerró los ojos. Cualquiera en su lugar hubiera perdido el juicio ante la mujer más bella del mundo; pero él empezó a sentir que el miedo lo absorbía, un miedo helado que no sabía explicar. Ella desplazó el puntero y apareció una calle, aquélla donde Fabricio había crecido. La reconoció por la guarapera de Juan Vargas ofreciendo guarapo a sus clientes, y por el billar donde los hombres solían pasar aquellas noches de su infancia. El anciano Pancho Cruz, apoyado en su bastón, intentaba apoderarse de un cabo de tabaco cuando éste dio un salto, escapando de su mano. Pancho avanzó un paso y trató de capturar aquel regalo puesto allí por la divina providencia, pero otra vez el cabo se movió. El anciano hizo un último esfuerzo y perdió el equilibrio, cayendo contra el cemento de la acera. Se escucharon las carcajadas de unos niños, mientras uno de ellos —Fabricio— tiraba del cordel que convertía al tabaco en un objeto escurridizo.

Fabricio apenas recordaba el incidente; pero ahora, que sabía lo que era llegar a vie-jo, y pensar como viejo, y sentirse como viejo, incluso más que viejo, sufrió un ataque de congoja; no obstante trató de reponerse, de buscar algún tipo de justificación, los niños eran inocentes, criaturas incompletas cuyo escaso conocimiento del mundo, hacía que sus actos carecieran de valor ante la ley, además…

—¿Sabe de qué se trata…? —la muchacha interrumpió sus pensamientos.
—Me gustaba el chiste del tabaco —dijo, bajando la cabeza.

Cuando volvió a mirar, ella estaba en ropa interior, envuelta en una bata de tul rojo, que el aire movía ligeramente como si danzara alrededor de sus piernas. Movió el puntero de nuevo y surgió la casa donde Fabricio había crecido, con los árboles de entonces y la misma pintura en sus paredes. Un adolescente había salido por la puerta de la cocina y depositaba un puñado de arroz sobre las lajas del patio. Inmediatamente una bandada de gorriones se precipitó a comer los tiernos granos. Fabricio sintió un alivio. Al menos las buenas acciones también eran tenidas en cuenta en aquel inesperado careo, y ésas sobraban en su vida, consagrada al trabajo, a la sociedad y la familia. Sin embargo, no había terminado de redondear sus conclusiones, cuando el adolescente extrajo un tirapiedras de su bolsillo trasero, le colocó una piedra en la badana, apuntó al blanco, y un bultico de plumas cayó al suelo, con sus patitas temblando en su cruce hacia la muerte.

Esta vez Fabricio no espero por la pregunta.

—Odiaba los gorriones —dijo, y se consoló pensando que todo el mundo mató algún pájaro en su vida, no obstante la imagen del avecilla no terminaba de salir de su conciencia.

Fabricio empezó a agitarse. Si aquella era la montaña de las faltas leves, no quería verse ante las ocho restantes. Sus pecados leves eran pocos, pero ya no estaba tan seguro de haber sido un hombre de bien. Trató de recordar malas acciones, atropellos, eventos crueles de su lejana juventud, infidelidades, egoísmos, traiciones; injusticias cometidas en su etapa de dirigente, con medio centenar de subalternos sobre los cuales caía su indolencia, su ira o su incapacidad. Se acordó de sus placeres, de Elena, su primera secretaria, y luego de Rosita y de Isabel, ésta última casada y con dos hijos, uno de los cuales sospechaba que era suyo. Por primera vez se cuestionó haber sido buen hijo, buen padre, buen esposo. Aquí no podía valerse del discurso patriótico y achacarle sus descuidos a su consagración al interés común de la nación. Su vida entera estaba allí, en esa especie de cinta de vídeo: el mundo bajo la oculta cámara de Dios.

Fabricio estaba ya horrorizado. Si hubiera tenido sangre podía decirse que se le había helado hasta el último glóbulo rojo. Un terror primitivo, anónimo, se había instalado en su conciencia, y su cuerpo comenzó a temblar. La joven movió el puntero como quien descorre la apariencia del mundo y surgió un cementerio, a la luz del mediodía. La gente bajaba un cadáver entre suspiros y lamentos de los familiares. El ataúd retumbó en el fondo de la fosa con su sonido de cosa hueca, como la propia cáscara del muerto. Fabricio reconoció a su esposa Lucrecia, enjugándose las lágrimas.

Cuando volvió la vista hacia la joven, ésta le tendió los brazos.

—Ven, amor, lava tus pecados, antes que pases a la segunda montaña —dijo, con un brillo increíble en la mirada; pero Fabricio estaba crispado, como si hubiera visto el mal, en su estado más puro. Hizo un acopio de todas sus fuerzas y, antes que ella pudiera re-accionar, saltó a la fosa, al ataúd, y se metió dentro de su cadáver. Cuando los primeros puñados de tierra cayeron contra la superficie del cristal, comprendió que había sido un estúpido; pero se sintió seguro, protegido. Había llegado puntualmente a su sepelio.