Vida de Sísifo – Primera Parte

Sus manos la acarician, el sol mañanero se filtra por las cortinas, un tema instrumental hace la atmósfera perfecta para el amor. Ella cierra los ojos y es feliz. De repente, la música es barrida por la bocina de un auto y gritos que llaman a Vicenteee, el del tercer piso. Las manos no acarician ya, son una sola, pequeña, que le sacude el hombro. La mano tiene una voz: -Mami, despierta, ya salió el sol.

Termina de despertarse camino al baño, otra vez no sonó el despertador tendré que llevarlo a revisar. No hay agua, usa la de los cubos que llenó anoche. Hace café y el desayuno de los niños. Recoge las camas y sale a comprar la leche. Se apura pensando en la cola. Desde la esquina ve el camión, en lugar de cajas plásticas con bolsas están bajando sacos. Al llegar se entera de que la leche vino en polvo y hay que esperar a que abra la bodega para pesarla antes de venderla. Esperar o no esperar, esa es la cuestión. Hace una imagen de las cuatro personas que están delante de ella en la cola, un mulato en chancletas y camiseta de malla, la vieja de la jaba de flores, una muchacha con un jueguito de lycra anaranjada y una argolla en el ombligo, y un calvo con tres jabas grandes, con pinta de mensajero. Habla con el que está detrás, vuelvo en un momentico y se dirige a la panadería.

Al pasar cerca del edificio comprueba que no han encendido la bomba, seguimos sin agua, deduce. En la panadería hay una cola enorme, de esas que suben la presión nada más verlas, pero no es para el pan racionado es la cola del pan de gloria. Esta es una historia interesante, recuerda ella mientras pide el último y sonríe sin poder evitarlo, pensarán que estoy loca, riéndome en una cola. El pan de gloria es un pan igualito al de la libreta, pero se vende liberado y seis veces más caro que el otro, al que se le adiciona almíbar, azúcar seca o nada, en dependencia del nivel de intransigencia de ciertos anónimos defensores de lo establecido. Cuando comenzó a venderse, el pan de gloria salía almibarado como Dios manda, pero a la gente no le resolvía el problema y se oyeron sugerencias de hacerlo un poco o totalmente seco, sin variar el precio, eso sí. Y un buen día los panaderos se animaron a probar, no le echaron nada y se vendió todo el pan rápidamente. La gente del barrio estaba muy contenta, porque podían tener un poco más de pan para la merienda de los muchachos, hacer un pudín o para comer antes de acostarse en tiempo de frío. Y se corrió la voz por el barrio y las colas para el pan de gloria comenzaron a crecer, hasta que atrajeron la atención de los defensores de lo establecido, que deben ser gente que no necesita de más pan que el racionado, porque empezaron a quejarse y a llamar de forma anónima a ciertos lugares, desde donde enviaron a la panadería a ciertos inspectores. Y como los panaderos son unas personas que por sobre todas las cosas aman a su profesión y les dolería verse alejados de ella, volvieron a empapar el pan en almíbar durante un tiempo, hasta que los inspectores se retiraron y los defensores de lo establecido enfocaron sus ojos y lenguas en otros asuntos más importantes que reclamaban el concurso de sus modestos esfuerzos. Los cautelosos panderos esperaron un tiempo antes de regresar al pan normal, hoy echaban poco almíbar y mañana azúcar seca, que se puede sacudir con la mano, hasta que comenzó  de nuevo el ciclo del pan solo y las colas enormes. La gente sigue contenta y se lo toma con calma, hay que aprovechar la oportunidad, pues nunca se sabe cuando regresarán los anónimos, los inspectores y el innecesario almíbar.

Diera risa si no fuera tan jodido, piensa ella. Todos saben lo que pasa, lo absurdo de la situación, pero nadie puede hacer nada. Nadie intenta cambiar lo establecido. Es increíble cómo hay gente que necesita aferrarse a las reglas para poder vivir. Y avanza hacia el mostrador, mientras la sonrisa se le va apagando.

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