Vida de Sísifo – Segunda Parte

Compra el pan y se enfrenta a la disyuntiva de regresar a la casa a ver si los niños ya se vistieron y adelantar algunas cosas, o volver punto de leche. Como aún no se oye la bomba del agua, decide seguir en la cola de la leche. Por el camino se cruza con dos niñas vestidas de uniforme que van cantando. Seguramente ensayan para el matutino escolar, piensa, porque van cantando una canción de tribuna abierta, con esa voz artificial que tienen todas las niñas con uniforme escolar cuando cantan en público canciones de  tribuna abierta. Advertir que en los casi treinta años que han pasado desde sus años escolares hasta ahora han cambiado los temas, pero no el tono, le hace preguntarse qué hace que tantos esquemas se repitan. Imaginar que dentro de poco sus propios hijos se sumarán a esta cadena interminable le provoca escalofríos.

La cola de la leche sigue igual, excepto que la joven de la lycra naranja y el piercing en el ombligo ya no está. En su lugar hay una señora de espejuelos grandes que conversa con la vieja de la jaba de flores. El calvo, que definitivamente es mensajero, está comprando la leche de seis libretas y tiene demorada la cola. Ella observa, absorta, los movimientos robóticos del dependiente, que escribe en la libreta anota en unas grandes hojas rayadas que hay sobre el mostrador, abre un paquete, deja caer el polvo poco a poco sobre una lámina de radiografía usada que está en el fondo del plato de la balanza, hasta que el brazo se levanta, dobla la lámina que se convierte en una canal por donde se desliza el polvo cayendo en la bolsa que el calvo mantiene abierta. La bolsa a la jaba, la lámina al plato y vuelta a comenzar. Las voces que se elevan sobre el murmullo la devuelven a la cola.

La vieja de la jaba de flores se queja de que antes del ciclón había escasez de viandas, cómo se las van a llevar para allá, pregunta. La de los espejuelos grandes le responde con energía que hay que ser solidarios con las provincias más afectadas, que no hay que dar lo que nos sobra sino compartir lo que tenemos. Le parece estar oyendo un mensaje que repiten por la televisión, que dice casi exactamente las mismas palabras, en tono triunfalista. Qué monotonía, Dios mío, se dice ella, que manía de repetir lo mismo. A su alrededor las personas tienen cara de preocupación, unos mueven la cabeza y otros murmuran en voz baja. La señora de espejuelos grandes mira a todos lados insistentemente, pero nadie le responde. Se vira hacia ella como buscando apoyo, repitiendo sus palabras, pero en eso le toca comprar y ella avanza escudándose tras la libreta y la bolsita, sin darse por aludida. Mientras le despachan el polvo siente en la espalda las palabras de la señora de espejuelos, que ha seguido hablando en su dirección. Se marcha y las palabras siguen cayendo sobre ella como garfios de pirata,  tratando de atraerla, no podemos ser egoístas, tenemos que ser solidarios con los demás. Pero para ella ese chorro de palabras es ráfaga que la impulsa a alejarse más aprisa. Qué encarne el de esa vieja, por Dios, se dice mientras recuerda las letanías que rezaba su abuela cuando había enfermos en la casa o rabos de nube en el cielo. Hay tanta gente que necesita protegerse con ideas, piensa mientras acomoda la bolsita en sus manos hasta darle forma esférica, es casi del tamaño de una pelota de béisbol. A ver qué invento para el desayuno de mañana.

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