Vida de Sísifo – Tercera parte

Termina de arreglar a los niños y salen al recorrido de todos los días. Primero el mayor a la escuela, después, volviendo sobre sus pasos, la pequeña al círculo infantil. Al pasar cerca del edificio el ruido de la bomba anuncia que ya llegó el agua. Después de una breve charla, deja la niña en el círculo y camina de regreso. Cada vez me cuesta más convencerla, qué habrá pasado que está haciendo rechazo de nuevo, se pregunta. Pero la respuesta está ahí mismo, frente a ella y ella la sabe.

A quién le gustaría, piensa, pasarse un tercio del día en un lugar de paredes descascaradas, pintadas con un polvo blanco que se pega al cuerpo y la ropa; con las puertas y ventanas desintegrándose por el comején; sentándose en ruidosos muebles hechos de cabilla y alambrón atacados por el óxido; compitiendo por toscos juguetes de madera, descoloridos y aburridos, que no alcanzan para todos. Todo un tercio del día revuelto en espumosa muchedumbre, intercambiando mordidas, piojos y catarros, pastoreado a gritos por mujeres de rostros amargados, que con el mismo desgano enseñan a reconocer los colores, las formas básicas, las fotos de los que murieron en alguna guerra lejana y las de los que ahora gobiernan.

Se habla mucho del sacrificio de los padres por los hijos, pero este es un sacrificio de los hijos por sus padres, eso cree ella. Nadie imagina lo que sufren los niños al ser sometidos a semejante trato. Y aunque les duela ver como la infancia de sus hijos se le va entre las manos, apurándolos por las mañanas para que lleguen a tiempo, apurándolos por las tardes para que se bañen y hagan las tareas antes de que esté la comida, y apurándolos para que coman y se acuesten temprano, para que no se despierten con sueño y no tener que apurarlos en las mañanas; aunque la agobie la impotencia de no poder oponerse al influjo de violencia, vulgaridad y palabrotas que absorben cada día; aunque sufre porque no puede dedicarles el tiempo que quisiera en los fines de semana porque también tiene que hacer compras, lavar y limpiar; aunque no sabe que inventar para que el dinero alcance de vez en cuando para alegrarlos con un juguete o unos caramelos de los que venden en pesos convertibles, sabe que no tiene otra opción, no puede darse el lujo de no trabajar. No quiso hacerlo cuando estaba casada, y ahora que está sola, sencillamente no puede.

Mientras sube las escaleras hacia su apartamento comienza a sudar.

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