Es necesario

Hubo un tiempo en mi vida en que empleaba las ideas de otros para expresar las mías. Un tiempo en que no tenía voz, y hablaba con voz prestada, repitiendo en prestadas palabras las ideas pensadas por otros.

Leía poemas para enamorar, repetía frases popularizadas por personajes de moda, buscaba  la explicación de la vida o el instante en libros y canciones que estaban casualmente al alcance de la mano.

Y cuando se trataba de cosas elevadas y solemnes, siempre había a mano una consigna, un juramento, una injuria al Enemigo, para gritar con fervor en la plaza atestada de otros como yo.

Los años me han hecho recelar de ese buscar la vida en libros y canciones. Ese buscar la explicación de la vida en los subproductos que van cayendo de la línea de producción de la vida. Ese buscar la vida siempre en otra parte, otra parte fuera de la vida misma.

Y aunque recele de ellos, a mi los libros no me confundieron más. Me confundió la vida, cuando me enfrentaba a  lo inesperado, a lo no vivido, a lo no leído. Me confundió la vida, para evitarme la confusión si alguna vez se repetía la escena. Para hacerme creer en mis propias fuerzas. Para obligarme a crecer.

Hubo un tiempo en mi vida en que me reía de quienes afirmaban muy seriamente que habían escrito un libro porque no encontraban uno que les satisficiese. Hoy sé que para crecer es necesario hablar con nuestra propia voz y escribir nuestro propio libro. Es necesario arriesgar. Y crear.

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Vida de Sísifo – Cuarta parte

 Entra al apartamento y se sienta frente al ventilador, debe evitar que el sudor continúe, no soporta la ropa pegada al cuerpo. Busca una manguera y pone a llenar el tanque de la cocina y después el del balcón. Aunque la bomba aúlla como si fuera a desintegrarse junto con los edificios que la rodean, el caudal de agua es tan poco que no permite llenar los dos tanques a la vez. Además, debe vigilarlos mientras se llenan, para evitar que el agua se derrame por el piso; de hacerlo se filtraría hacia el apartamento de abajo, lo cual le traería disgustos con sus vecinos. Unos meses atrás, agobiada por los problemas de siempre, más el reciente divorcio, se fue al trabajo dejando una válvula abierta y se inundaron los dos apartamentos. Hacía tiempo que no pasaba por una vergüenza tan grande, ni había deseado con tanta fuerza que la tierra se la tragara, como cuando llegó esa tarde al edificio y se encontró a los vecinos de abajo esperándola con cara de asesinos natos y los colchones secándose al sol. Ella acepta la responsabilidad por ser descuidada, pero no puede dejar de pensar que si tuviera agua las 24 horas del día, sería tan imposible dejar una llave abierta sin notarlo, como innecesario almacenar agua en tanques y cubos, diseminados por los más increíbles rincones de su apartamento, ya de por sí atestado y estrecho.

El agua siempre ha sido un problema. O mejor dicho, el problema. Quince años atrás, cuando llegó recién casada al apartamento vacío, en el edificio acabado de construir, en un nuevo reparto sin árboles ni aceras situado en la periferia de la ciudad, recibían agua en días alternos Ahora hay el doble de edificios y el agua aparece cada tres días con problema del agua” se discutía en todas las reuniones de vecinos y de delegados y de consejos populares. Sus planteamientos se elevaban y elevaban y elevaban, hasta perderse de vista y memoria; y esporádicamente bajaban respuestas esperanzadoras: ya casi está aprobada la inversión, el nuevo sistema estará listo a mediados del año próximo, esperamos la llegada de materiales… etc. Hoy “el problema del agua” sigue igual, como la vida misma, pero ella ya no va a  esas reuniones. Sigue sin entender a los que se consuelan pensando que hay lugares peor, con agua una vez por semana, en lugar de procurar soluciones para mejorar. Mejora continua, como dicen en la nueva jerga que se expande por su empresa. Cansados de esperar una solución que no baja de las alturas, los inquilinos han buscado salidas individuales. Quienes tienen posibilidades, han colgado de las fachadas depósitos de diversas formas y colores, que le dan al edificio un aire abigarrado. Otros, menos afortunados, han tenido que apretarse para hacer espacio dentro del apartamento a los tanques salvadores. Tantos depósitos para llenar demoran la llegada del agua a las válvulas, han hecho crecer la cantidad de fugas y el riesgo de inundación, como le sucedió a ella.

Después del mal rato que pasó con los vecinos de abajo, ha incorporado a su rutina mañanera el comprobar que las llaves del agua estén cerradas y  los equipos eléctricos de la cocina desconectados. También lo hace ahora, y una vez más, en esta calurosa mañana, sale del apartamento.