Vida de Sísifo – Quinta parte

Camina en dirección a la salida del reparto. Aunque se le ha hecho tarde, no tiene prisa, los años le han dado paciencia. Disfruta la sensación de alivio que le produce salir del apartamento. Y la disfruta más porque sabe que durará poco. Su apartamento es una caja dividida en cuatro pequeñas cajitas. Una cajita para la sala, dos cajitas para los cuartos y una cajita para la cocina y el baño. Su edificio es una caja mayor, compuesta de dieciséis cajitas-apartamento: dos cajitas a ambos lados de una escalera, dos escaleras por piso, cuatro pisos en total. Un apretado conjunto de cajas con pocas ventanas, cajas que resuenan y amplifican los ruidos, que acumulan el calor del día hasta bien entrada la noche y que se filtran solidariamente, intercambiando todo tipo de líquidos desde arriba hasta abajo. Abandonar el enclaustramiento y caminar unas pocas calles le ayuda a relajarse para enfrentar el día.

 Llega a una intersección de tres calles y el alivio desaparece. Ante ella se extiende una multitud abigarrada de edificios-cajones, con las mismas escaleras sucias y oscuras, las mismas azoteas erizadas de  tanques y antenas, las mismas paredes de años sin pintar, la misma  maldita basura apestando por todas partes. A su izquierda, una parada que no ha visto pasar un ómnibus en décadas. A la derecha, una fila de coches espera por pasajeros que vayan al centro de la ciudad. Los cocheros, con paciencia profesional, intercambian bromas, consejos y hasta dicen el número que salió ayer. El olor de la orina de los caballos calentada por el sol comienza a invadir toda el área.
 
Atraviesa un pequeño parque, el primero que tuvo el reparto. Es un lugar muy curioso, que a ella le sirve para imaginar una época pasada, que conoce por las historias de sus padres. Aquí los bancos están situados como las butacas de un cine, apuntando a un mismo lugar. En ese lugar, ocupando todo el ancho del parque, una plataforma se levanta casi medio metro sobre el resto del piso. Le han contado que aquí se reunían los vecinos, casi siempre por las noches, para tratar diversos asuntos: trabajos voluntarios, guardias, movilizaciones a la agricultura. El fin de semana podía actuar algún grupo musical o de teatro aficionado y su mamá recuerda hasta una tómbola para hacer la lista que ordenaría la compra de los juguetes que llegaban para los niños una vez al año. Al fondo de la plataforma, se levanta una columna de hormigón que sostiene una caja, también de hormigón, con su lado abierto de frente hacia los bancos. En esa caja estuvo por años el único televisor del barrio. Durante ese tiempo, el pequeño parque era el centro de la vida social del reparto. Las personas se acicalaban para visitarlo como si fueran aun  restaurante de lujo y mandaban hacer silencio a los conversadores con el celo de una bibliotecaria profesional. Cuenta su padre que allí se dieron las primeras discusiones entre los fanáticos a la pelota y los espectadores de la telenovela.

Aunque los años y los hijos -sobre todo los hijos- la han ayudado a comprender por qué la nostalgia por los tiempos pasados pega tan fuerte a medida que envejecemos, no puede evitar reaccionar con suspicacia ante estas historias que le cuentan sus padres. Más que las historias, es el tono de ingenuidad con que las cuentan lo que provoca su mayor reacción. Siente pavor ante ese mundo simple y transparente, dónde es tan fácil controlar lo que las personas pueden saber, opinar y hacer. Le da rabia ver cómo los mayores, que no conocen otras formas de hacer la vida, lo tienen como la mejor -y única- opción posible, y sacrifican sus vidas esperando por un sueño que nunca llega.