Vida de Sísifo – Sexta parte

Camina despacio en dirección a la salida del reparto. El sol quema. Su piel se queja por la acumulación de lesiones. En las mañanas, al mirarse al espejo, mientras descubre una nueva mancha, pequeñas arrugas en la sien o un brote de cabellos blancos, constata que los años, la casa, los hijos, las tensiones, la soledad, le están pasando una factura imposible de pagar. Pero no es el declive de la belleza lo que más le preocupa, sino el agotamiento físico. En las tardes, cuando regresa del trabajo, le parece que las escaleras llegan hasta el cielo; por la noche se queda dormida frente al televisor, a veces antes de que comience la telenovela. Recuerda cómo, años atrás, se reía de su mamá cuando le sucedía lo mismo. Su madre roncaba, cabeceaba, se despertaba sobresaltada, negando estar dormida y se justificaba diciendo: -Estoy descansando la vista, mija. La historia se repite, murmura con tristeza.

Camina despacio y el sol quema. Ella se consuela pensando que este mes sí. Con algo de menudo que tiene ahorrado y si su ex no se atrasa de nuevo con la pensión de los niños, este mes puede estirar el dinero que dedica a cambiar por pesos convertibles para comprar jabón y aceite de cocina, y hacerse de una sombrilla. Está decidida a comprarla desde que terminó el breve invierno, a pesar de que sus amigas le dicen que con sombrilla parecerá más vieja. Pero ella cree que lo que más la avejenta es hacer que el dinero alcance para comer y bañarse decentemente todos los meses. Y el sol que tanto quema.

Camina hacia la salida del reparto. Es un largo trecho sin sombra y el sol quema. Los edificios no tienen portales, están separados entre sí y de las aceras. Alineados a diferentes ángulos con respecto a las calles, parecen las paredes de un gran laberinto. Un laberinto a pleno sol. Los escasos árboles no tiene follaje para brindar protección al transeúnte Muchos exhiben deformaciones producto de una poda desorganizada, anticipo de la visita de algún ciclón. Con muñones y jorobas, como veteranos de incontables guerras, esos pobres árboles le recuerdan los ancianos, arrugados y nudosos, que toman el sol en los parques. Erosionados por el tiempo y detenidos en el tiempo, ni árboles ni ancianos saben con certeza si llegarán a ver pasar el próximo ciclón. Por ahora, esperan, el sol quema  y ella camina despacio.

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