Vida de Sísifo – Séptima parte

Llega a la vía que comunica el reparto con la ciudad y se detiene en el lugar acostumbrado. A pesar de todas sus precauciones, ha comenzado a sudar de nuevo. El cielo despejado y la ausencia de brisa aumentan el calor. A ratos, ondas de aire caliente con olor a asfalto le golpean el rostro.

Frente a ella, la carretera desierta. A su espalda, a unos cien metros, la parada del ómnibus es un oasis de sombra en medio del resplandor y refugio de numeroso aspirantes a viajeros de corta distancia. Desde hace muchos años, los ómnibus de servicio local dejaron de circular y comenzó la odisea para los habitantes del reparto, quienes tuvieron que valerse de medios alternativos para trasladarse. Aunque en teoría eran muchas las posibles opciones: ómnibus de servicio inter-municipal que aún circulaban, ómnibus de transporte obrero, autos estatales, autos de alquiler en todo el espectro de la legalidad a la ilegalidad, hasta terminar en coches tirados por caballos, la realidad se encargó de demostrar que esas opciones no resolvían el problema. Y trajo un agravante mas: el estrés. La cotidiana inseguridad para cumplir con sus horarios se sumó a la larga lista de agobios que tuvieron que soportar.

Muchos años atrás, cuando se planificó la ubicación de este reparto, nadie sospechaba lo que vendría. El recorrido en ómnibus, con demoras en las paradas, no superaba la media hora, y si se hacía en auto o en taxi, era mucho menor. La crisis, como un big bang nacional, hizo expandirse las distancias. El tiempo de acceso a la ciudad se triplicó, para los municipios se quintuplicó y el de las provincias vecinas se multiplicó por diez. Los viajes que requieren atravesar dos o más provincias son casi imposibles. Los taxis son un recuerdo borroso. Hace años que no ve la valla ubicada en el límite de la provincia. Desde sus primeros viajes en la infancia, esa valla tiene un significado especial para ella. Recuerda cuando su padre se la enseñó por primera vez. Viajaba en un viejo ómnibus de ventanas pequeñas, caluroso y lento, a visitar a sus abuelos paternos. El calor y la sed la molestaban y le preguntaba a su padre -por tercera vez- cuándo se iba a terminar el viaje. Él la sentó en sus piernas y le dijo, con aire de misterio, que si se fijaba bien, dentro de poco vería el lugar dónde se terminaba su provincia y comenzaba la otra. Eso despertó su curiosidad. Poco después vio una valla de vivos colores, árboles enormes rodeados de arbustos con flores y varias piedras de diversos tamaños.  Le preguntó a su padre si las personas que cuidaban el lugar tenían que hacer ese viaje todos los días, pero no recuerda su respuesta.

Los abuelos murieron en esos años oscuros, y con ellos se terminó un motivo para viajar. Después vino el matrimonio y los hijos, y su vida se hizo más estática. Ahora que lo piensa, no ha tenido oportunidad   de repetir con sus hijos la escena que acaba de recordar.

Un auto se acerca y ella extiende su mano, en gesto tantas veces repetido.

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