Vida de Sísifo – Octava parte

El auto pasa sin detenerse y ella vuelve la vista al frente, a la carretera desierta. Comienza a levantar el brazo del reloj, pero se contiene. Saber la hora sólo le traerá más preocupaciones. Y las preocupaciones envejecen. Su ex acostumbraba decir que de las preocupaciones hay que cuidarse más que de los acreedores, porque de estos se puede huir, pero las preocupaciones siempre las llevas contigo Sobre todo si se deben a necesidades tan inevitables cómo alimentarse, vestirse y transportarse. Sonríe a medias y sacude la mano frente a su cara, como si las preocupaciones hubieran tomado forma de  insecto y las pudiera ahuyentar.

Entre su sitio y la parada, espaciadas a distancia prudencial, otras como ella esperan bajo el sol por algún auto que las lleve. Hay algunas parejas, todas son muchachas jóvenes, de seguro amigas. Ella las mira con la envidia de quien no cumplirá más veinte años. “Juventud, divino tesoro, te vas para no volver”. Mientras observa la hilera de muchachas que flanquean la carretera, piensa que pedir botella puede ser considerado una forma simple de prostitución. Ellas necesitan viajar y los hombres, ya sea en plan de caballero o de conquistador, se deciden por la apariencia. Sonríe mientras recuerda las palabras de un amigo: -Conmigo las feas están embarcadas Ella sabe muy bien lo que ayuda una buena figura a la hora de viajar pidiendo botella. Con dieciséis espléndidos años acabados de cumplir, en compañía de sus dos mejores amigas, iban  a todas partes sin gastar dinero en pasaje. Y por dónde pasaban hacían voltear la cabeza hasta al más indiferente de los hombres. Bellas, inseparables y cómplices. En el pueblo las bautizaron como la Santísima Trinidad. Unos dicen que por su belleza y otros por las exclamaciones de Ave María purísima que les dedicaban los viejos del café de la calle Principal. Quién sabe?

Una aburrida mañana de sábado, mientras se ponían al día con los chismes del pueblo en casa de la manicura, oyeron decir que en La Habana, en el Mercado Centro o la calle Galiano, vendían unos dulces finos muy sabrosos, que eran la sensación del momento. Se miraron y sin decirse nada salieron de la casa. Eran las nueve de la mañana, más o menos. La manicura continuó arreglando uñas y propagando chismes hasta la hora del almuerzo. Después durmió la siesta y se levantó para continuar con la faena. Cuando el reloj de la iglesia daba cuatro campanadas, las vio entrar, sonrientes. Se sentaron en el mismo sitio que ocupaban por la mañana, cada una con una caja de cartón en la mano. Levantaron las tapas y le brindaron: -Pruébalos, que están tan buenos como dicen. La manicura no podía creer que habían ido y regresado a La Habana en el día. Les pidió que le contaran bien el viaje, pensando en incorporar una nueva historia al entretenimiento de la clientela de mañana. Comió un dulce, las miró a las tres y les dijo, muy emocionada : -Muchachitas, de verdá que ustedes están locas

Anuncios

Miserias cotidianas – Segunda Parte

Prestas algo a un amigo. Esta vez no olvidas a quien. El tiempo pasa y no lo devuelve. Confiando, decides esperar un poco más, al fin y al cabo es un amigo. Pasa el tiempo y no devuelve lo prestado, pero no te preocupas. Confías en tu amigo. Un buen día vas por la calle y el amigo camina hacia ti. Cuando él te ve y bruscamente cambia de dirección, perdiéndose de vista, tus esperanzas de recuperar ese objeto se esfuman como el salario recién cobrado. Constatas que hace tiempo que te elude. Con un poco de dolor en el alma olvidas el amigo y anotas el objeto como precio de esa persona que ahora se aleja de ti sin mirarte.