Angustia de domingo

Los domingos, al final de la tarde, siento una recurrente desazón. Comienza con un leve, imperceptible cosquilleo en la barriga, luego pesadez en los brazos y termina con opresión en el pecho y frío en el alma. La inminente muerte de la tarde -y con ella el fin de semana, me llena de una sensación de incompletitud. El tiempo se acaba y quedan asuntos por resolver.

Desde mi época de estudiante becado, los domingos son días tristes. Días incompletos, en los que no se puede iniciar nada, a la espera del transporte que me devuelve a la escuela, al reencuentro con los  amigos.  Y entonces pasar horas contando las aventuras que hicimos el fin de semana. Algunos -como Roberto- estiran el domingo un poco más, llevan la música y la bebida con ellos y siguen la pachanga en un balcón oscuro o en el techo del albergue, fiestando hasta que el cansancio o la luz del lunes los hace terminar. Cuando no hay más transporte, comienza la aventura de viajar por cuenta propia, en los  trenes y ómnibus que aún circulan. Aventura que casi siempre termina al lado del camino, haciendo señas a todo lo que pasa. Como es imposible predecir la duración de tan azaroso viaje, hay que emprender camino más temprano. Y los domingos se hacen más cortos.

Cuando comienzo a trabajar, creo que el carácter de los domingos puede cambiar. Y por un tiempo es así. Me divierto, aunque las diversiones son caras. Y escasas. Pasan unos pocos años y descubro que trabajar no es satisfacer una necesidad vital, sino liarme con un entramado confuso de circulares, intrigas, resoluciones, apagones, oportunismos, procedimientos, rencillas, trabajos voluntarios, mucho menos transporte, egoísmo, campañas productivas, celos profesionales, ineficiencia generalizada, guardia obrera, envidia. Mucha. Nada tiene sentido. Y mucho menos lógica. Sólo el volumen de la fanfarria importa. Y el entusiasmo. El entusiasmo siempre. Sí. En su mejor expresión siempre: entusiasmo incondicional. Y los domingos vuelven a ser preludio de sombras.

Hace seis años que me gano la vida por mi cuenta. No tengo horario, porque los plátanos no dejan de madurar a las 5 de la tarde, y los clientes necesitan sus equipos funcionando para poder ganarse la vida también. Cambio la seguridad de un salario a fin de mes por la libertad de decir lo que pienso, no ir a dónde no me gusta que me manden y restarme de la pantomima de levantar la mano para lograr la sacrosanta unanimidad. Muchos que se decían mis amigos no han vuelto más por mi casa desde entonces. Otros que de verdad lo son están a mi lado, aunque estén en España, calentándose el pecho con un café intragable. Ser libre puede implicar estar más solo, si quienes te rodean siguen siendo esclavos. Hace seis años que no marco tarjeta ni voy a reuniones del sindicato, pero los domingos siguen siendo días tristes.

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Vida de Sísifo – Novena parte

Así empieza una a ponerse vieja, piensa, cuando nos da por recordar cosas pasadas. El pasado es una cosa peligrosa cuando dejamos que se robe el protagonismo de nuestras vidas. Siempre está presente, condicionando nuestras acciones, como el sol que mantiene a los planetas presos en su cárcel gravitatoria. Incluso los cometas, incapaces de fuerte atracción, pasan cada muchos años a ver cómo va todo por aquí. Acomodarse en el pasado es una cosa peligrosa, si no se esfuerza una, termina repitiendo siempre las mismas cosas. Y de ahí a la muerte por aburrimiento no falta nada.

Desde su adolescencia, ha visto con curiosidad esa añoranza por el pasado, muchas veces como reacción ante lo nuevo. En el preuniversitario sus amigos hablaban de lo buena que era la secundaria, en la universidad querían regresar al pre y sus compañeros de trabajo hablan sobre las maravillas de su época de estudiantes. Es curioso ver una reunión de antiguos alumnos, como se diferencian los que han avanzado y los que se han quedado anclados en el pasado. Los que mantienen la jerga y las complicidades y los que han decidido superarlo todo. Otra idea muy común es la posibilidad de retroceder en el tiempo y cambiar nuestras acciones en determinados hechos del pasado. Cuántos arrepentimientos se llevan sobre los hombros, aplastándonos contra la tierra con la insoportable pesadez del pasado. Y cuántas ilusiones de arreglar nuestras vidas esperan bajo el lado frío de la almohada para llenar sueños y pesadillas.

Ella, al contrario, ha vivido espoleada por una urgencia de ir hacia adelante, avanzar rápido, sin mirar mucho atrás. No siente añoranza por las cosas pasadas. No visita las escuelas donde estudió, no va a las reuniones de ex alumnos ni participa de las conversaciones del recuerdo Sabe que la gente cambia, que a los cuarenta se ha vivido otra vida desde que el grupo de estudiantes veinteañeros se separó. En aquellos años viajaban como gotas de agua impulsadas por una manga que los conducía de un lugar a otro. Al pasar la boquilla, comenzó la dispersión, y cada gota siguió su propia trayectoria, separándose del resto. Cree que es esa diferencia la que da sentido a la vida. Uno de sus pocos recuerdos de estudiante es un intercambio con el profesor de filosofía. Respondiendo a una pregunta, ella dijo muy confiada que el movimiento implicaba desarrollo. Y él le preguntó, pronunciando lentamente: ¿el movimiento circular, implica desarrollo? Fue una revelación. Comprendió que no bastaba con moverse rápido, si a la larga se regresaba al mismo lugar. Es necesario controlar la trayectoria. El movimiento sin cambio es una  ilusión, un engaño.