SEGUNDA MUERTE DE FABRICIO

Autor: Sindo Pacheco 

El 15 de septiembre de 1980, a los 75 años de edad, el corazón de Fabricio Campoamores se aburrió de tanto latir. Luego de atravesar el famoso túnel, del que tanto hablan los que han regresado de la muerte, Fabricio se vio en un descampado frente a una empinada colina, cuya ladera, revestida de una capa de hierba muy fina, tenía una escalera de mármol que conducía hasta la cima, y por donde una rubia despampanante descendía los escalones.

Era la joven más hermosa que jamás había visto, el ideal de princesa que todo hombre se fabrica y se reinventa en sus fervientes elucubraciones. Unos rizos dorados envolvían su rostro, en el cual, perfectamente simétricos, dos ojos casi transparentes lo miraban con una especie de cariño. Su nariz recta bajaba invicta hasta unos labios que eran la representación más exacta que podía haber de un beso. Traía un traje rojo, aterciopelado, unos botines de invierno, y en su mano derecha, un largo puntero de madera.

—Esta es la montaña de las faltas leves. Tiene derecho a callar si así lo considera —dijo, con una voz melodiosa, como un tintinear de cascabeles.

Fabricio no entendió qué era lo que debía callar. Había sido un hombre de bien, pa-dre de familia, trabajador, disciplinado. Durante cuarenta años al frente de la fábrica de gofio fue el primero en llegar cada mañana a observar, erguido ante la puerta, la entrada de cada uno de sus empleados. Tenía obsesión con la puntualidad, y de ser un aficionado a la lectura hubiera tomado a Phileas Fogg, el de La vuelta al mundo en ochenta días, como su ídolo a seguir.

Fabricio no dejaba de mirar a la princesa, que parecía esperar un gesto suyo de atención. Quiso hacer una pregunta, pero antes que moviera los labios, ella le trajo la respuesta.

—Para usted son nueve las montañas. La número dos corresponde a las faltas no tan leves, la tres incluye aquéllas de tipo profundas, y así sucesivamente.

La joven movió el puntero de un lado a otro, como si descorriera la cortina del paisaje e, inmediatamente, desapareció la colina surgiendo ante sus ojos la funeraria del pueblo. Vio a su esposa Lucrecia, sus hijos Fabricio y Rafael, y una discreta concurrencia de otros familiares, vecinos y ex compañeros de trabajo, que seguramente estaban allí velando su cadáver. Su primera preocupación fue llegar tarde a su entierro, lo cual sería el colmo de la presunción, aún cuando no podía agradecerle a nadie su presencia.

—¿Sabe qué es? —preguntó la muchacha.
—Yo, que estoy muerto —dijo Fabricio, encogiéndose de hombros.

Ella se quitó la chaqueta, que depositó sobre la hierba, dejando al descubierto una blusa blanca de mangas, ceñida a su torso. Fabricio había empezado a sentir inquietud, al parecer alguien se empeñaba en burlarse de él, en humillarlo. La joven movió el puntero de Este a oeste trazando un redondel en el espacio, y surgió una campiña, cuya casa de madera y techo de guano, Fabricio creyó haber visto en otra parte.

Por los alrededores de la vivienda dos niños corrían despavoridos. De pronto uno tomó al otro de las orejas y comenzó a tirar con todas sus fuerza. A los gritos del segundo, una joven se asomó al patio, dispuesta a socorrerlo.

Fabricio sintió una ternura indescriptible al contemplar la imagen de su madre recuperada del tiempo y el olvido. Entonces reconoció a su primo Evaristo, dos años menor que él, y sintió remordimientos por haberlo lastimado. Recordó que había sido un niño inquieto, hala-orejas, muerde-brazos, pellizca-barrigas y se arrepintió en su corazón de aquel lejano proceder.
—¿Sabe quién es el agresor? —preguntó la joven.
La palabra agresor casi paraliza a Fabricio, pero ya tenía la respuesta en la punta de la lengua.
—Soy yo, pero si usted me permite…

La joven no pareció escuchar sus argumentos. Se despojó de la blusa y de la falda. Su cuerpo deslumbraba metido en aquel ligero traje de baño. Fabricio cerró los ojos. Cualquiera en su lugar hubiera perdido el juicio ante la mujer más bella del mundo; pero él empezó a sentir que el miedo lo absorbía, un miedo helado que no sabía explicar. Ella desplazó el puntero y apareció una calle, aquélla donde Fabricio había crecido. La reconoció por la guarapera de Juan Vargas ofreciendo guarapo a sus clientes, y por el billar donde los hombres solían pasar aquellas noches de su infancia. El anciano Pancho Cruz, apoyado en su bastón, intentaba apoderarse de un cabo de tabaco cuando éste dio un salto, escapando de su mano. Pancho avanzó un paso y trató de capturar aquel regalo puesto allí por la divina providencia, pero otra vez el cabo se movió. El anciano hizo un último esfuerzo y perdió el equilibrio, cayendo contra el cemento de la acera. Se escucharon las carcajadas de unos niños, mientras uno de ellos —Fabricio— tiraba del cordel que convertía al tabaco en un objeto escurridizo.

Fabricio apenas recordaba el incidente; pero ahora, que sabía lo que era llegar a vie-jo, y pensar como viejo, y sentirse como viejo, incluso más que viejo, sufrió un ataque de congoja; no obstante trató de reponerse, de buscar algún tipo de justificación, los niños eran inocentes, criaturas incompletas cuyo escaso conocimiento del mundo, hacía que sus actos carecieran de valor ante la ley, además…

—¿Sabe de qué se trata…? —la muchacha interrumpió sus pensamientos.
—Me gustaba el chiste del tabaco —dijo, bajando la cabeza.

Cuando volvió a mirar, ella estaba en ropa interior, envuelta en una bata de tul rojo, que el aire movía ligeramente como si danzara alrededor de sus piernas. Movió el puntero de nuevo y surgió la casa donde Fabricio había crecido, con los árboles de entonces y la misma pintura en sus paredes. Un adolescente había salido por la puerta de la cocina y depositaba un puñado de arroz sobre las lajas del patio. Inmediatamente una bandada de gorriones se precipitó a comer los tiernos granos. Fabricio sintió un alivio. Al menos las buenas acciones también eran tenidas en cuenta en aquel inesperado careo, y ésas sobraban en su vida, consagrada al trabajo, a la sociedad y la familia. Sin embargo, no había terminado de redondear sus conclusiones, cuando el adolescente extrajo un tirapiedras de su bolsillo trasero, le colocó una piedra en la badana, apuntó al blanco, y un bultico de plumas cayó al suelo, con sus patitas temblando en su cruce hacia la muerte.

Esta vez Fabricio no espero por la pregunta.

—Odiaba los gorriones —dijo, y se consoló pensando que todo el mundo mató algún pájaro en su vida, no obstante la imagen del avecilla no terminaba de salir de su conciencia.

Fabricio empezó a agitarse. Si aquella era la montaña de las faltas leves, no quería verse ante las ocho restantes. Sus pecados leves eran pocos, pero ya no estaba tan seguro de haber sido un hombre de bien. Trató de recordar malas acciones, atropellos, eventos crueles de su lejana juventud, infidelidades, egoísmos, traiciones; injusticias cometidas en su etapa de dirigente, con medio centenar de subalternos sobre los cuales caía su indolencia, su ira o su incapacidad. Se acordó de sus placeres, de Elena, su primera secretaria, y luego de Rosita y de Isabel, ésta última casada y con dos hijos, uno de los cuales sospechaba que era suyo. Por primera vez se cuestionó haber sido buen hijo, buen padre, buen esposo. Aquí no podía valerse del discurso patriótico y achacarle sus descuidos a su consagración al interés común de la nación. Su vida entera estaba allí, en esa especie de cinta de vídeo: el mundo bajo la oculta cámara de Dios.

Fabricio estaba ya horrorizado. Si hubiera tenido sangre podía decirse que se le había helado hasta el último glóbulo rojo. Un terror primitivo, anónimo, se había instalado en su conciencia, y su cuerpo comenzó a temblar. La joven movió el puntero como quien descorre la apariencia del mundo y surgió un cementerio, a la luz del mediodía. La gente bajaba un cadáver entre suspiros y lamentos de los familiares. El ataúd retumbó en el fondo de la fosa con su sonido de cosa hueca, como la propia cáscara del muerto. Fabricio reconoció a su esposa Lucrecia, enjugándose las lágrimas.

Cuando volvió la vista hacia la joven, ésta le tendió los brazos.

—Ven, amor, lava tus pecados, antes que pases a la segunda montaña —dijo, con un brillo increíble en la mirada; pero Fabricio estaba crispado, como si hubiera visto el mal, en su estado más puro. Hizo un acopio de todas sus fuerzas y, antes que ella pudiera re-accionar, saltó a la fosa, al ataúd, y se metió dentro de su cadáver. Cuando los primeros puñados de tierra cayeron contra la superficie del cristal, comprendió que había sido un estúpido; pero se sintió seguro, protegido. Había llegado puntualmente a su sepelio.

A Sindo lo que es de Sindo

Varios lectores me han atribuido erróneamente la autoría del cuento de Sindo Pacheco. Otros, en sus elogios, han mencionado a dos grandes de la literatura cubana, Alejo Carpentier y Onelio Jorge Cardoso. Creo que de estar viviendo en Cuba, la vida de Sindo correría peligro. Desde que leí por primera vez su cuento, hace ya un par de años, me gustó tanto que quise robármelo. Ahora, inflado el ego escritural por tantos buenos elogios, he pasado algunas madrugadas en vela, haciendo oscuras maquinaciones para cometer, con total premeditación, plagios -literarios- y asesinatos -nada literarios.

Bromas aparte, lo cierto es que ha sido la calidad de su cuento la que ha generado tantos buenos comentarios. Y eso es producto innegable del talento y oficio de narrador de Sindo Pacheco. Para que puedan conocerlo un poco mas, copio aquí una breve reseña de sus éxitos literarios y cierro reiterando un breve comercial. Como ya dije en su presentación para el blog, Sindo tiene obras por publicar, un volumen de cuentos y dos novelas. Cualquier ayuda para encontrarle un editor será bienvenida.

(A los comentaristas, sepan que hice anotar sus nombres y direcciones IP. Cuando publique algo mío, si no lo celebran con el mismo o mayor fervor, los voy a desterrar del blog.)

Sindo Pacheco nació en Cabaiguán, Cuba, en 1956. Ha publicado ‘Oficio de Hormigas’ (cuentos, 1990) Premio Abril a las mejores obras dedicadas a los jóvenes; y las novelas ‘Esos Muchachos’ y ‘María Virginia está de Vacaciones’. Esta última recibió el premio latinoamericano Casa de las Américas, el premio anual La Rosa Blanca que concede la Unión de Escritores y Artistas de Cuba a las mejores obras dedicadas a niños y jóvenes, y el Premio de la Crítica a las mejores obras publicadas en Cuba durante 1994.

En 1995 recibió el premio Bustar Viejo, de Madrid, España, por su cuento ‘Legalidad Post Mortem’. Cuentos suyos han aparecido en antologías del género en Cuba en diferentes revistas como Bohemia, Letras Cubanas, Casa de las Américas. Algunos de sus cuentos han sido publicados en México, Rusia, Venezuela y España. En 1998 la Editorial Norma, Colombia, publicó su novela juvenil ‘María Virginia, mi amor’; y en el 2001, su novela ‘Las raíces del tamarindo’, fue finalista del Premio EDEBÉ, y publicada por dicha editorial en Barcelona. En el 2003 la Editorial Plaza Mayor, de Puerto Rico reeditó su novela ‘María Virginia está de vacaciones’.

Actualmente reside en Miami, Estados Unidos.

El cuento del hueco

Por Sindo Pacheco

Berto se mecía en su sillón, como hacía todas las noches durante los últimos veinte años, cuando vio al borracho que dobló frente a su casa, dando bandazos de un extremo a otro. Sólo entonces se acordó del hueco. Aquel trozo de vía apenas transitado, tenía un hueco desde hacía algún tiempo. La tapa de la alcantarilla había desaparecido con la última inundación, dejando la boca negra y acechante, y camuflada por el escaso alumbrado.

Inicialmente Berto quiso advertir aquel peligro, pero luego empezó a concebir la caída del hombre, a desear el resultado, con aquella especie de aversión que sentía por los borrachos, hasta que lo vio desaparecer tragado por la tierra.

Berto esperó un rato, pensando verlo salir de la negrura, despachando maldiciones y juramentos; pero transcurrió un tiempo razonable, y el hombre no daba señales de vida.

Así que se introdujo en su cuarto, le pidió la pastilla de la presión a su mujer, y se recostó en la cama mientras escuchaba los violines de algún programa dominical. Aunque la televisión tampoco estaba hecha para él. Había vivido rodeado de silencio, casi al margen de la electrónica, y la televisión le parecía demasiado bulliciosa. Únicamente veía Escriba y Lea, cuyos contenidos lo habían asomado por primera vez a un mundo vasto y desconocido, de innumerables geografías y personajes famosos, o algún musical desempolvado del olvido que lo sorprendiera ante la pantalla. El hombre que acababa de caer en el hueco, era una de las pocas cosas que le ocurría en mucho tiempo.

Se había casado a los treinticinco años con la única novia que conoció y en veinte años de matrimonio no lograron descendientes. Al principio no se notaba mucho esa ausencia: la casa se llenaba de sobrinos que venían a registrarlo todo, poniendo de cabeza las habitaciones, y haciendo en casa de los tíos cuantas atrocidades les prohibían en las propias, abusando de aquellos padres huérfanos y tolerantes; pero con el tiempo los sobrinos se fueron alejando, casándose en otros pueblos, generando otros sobrinos desmemoriados de su pasado, y la casa se convirtió en esta especie de sanatorio donde nada ocurría fuera de su propia memoria.

Berto se tomó su pastilla con medio vaso de agua, y durmió profundamente, sin despertar en toda la noche.

Se levantó a las cinco de la mañana para vender la leche en la bodega, coló el café, se vistió, y luego de haber recorrido un buen trecho, tuvo que regresar en busca de las llaves.

Cuando salía de nuevo miró en dirección al hueco, y adivinó la cabeza del borracho, más oscura en las sombras de la madrugada. Esta vez ni siquiera sintió impulso de ayudarlo, y confió a la eventualidad aquella labor desagradable. Tenía un pésimo humor y se lo achacó al lunes. Los lunes amanecía de mal humor hasta que el día comenzaba a definirse y el pueblo se llenaba de movimientos. La tranquilidad era para la casa, en la bodega prefería la actividad física y el ajetreo. Sin embargo durante la venta de leche se le rompieron dos litros, luego actualizó los papeles del almacén, vendió unos granos, y a las once, cuando cerró para volver a su casa, todavía estaba de mal humor.

Julia, su mujer, tenía listo el almuerzo, y desde que lo vio se puso a preparar la mesa.

—¿Estás malo…? —se sorprendió de verlo ir directo hasta la cama.

Siempre se ponía a ayudarla. Era un marido ejemplar en eso de compartir la cocina y las tareas de la casa, y realmente no tenía de qué quejarse. Berto le era fiel hasta la saciedad a pesar de que nunca pudo darle un hijo. Vivían en una casa confortable, se llevaban bien, y cada uno en secreto se sentía solidario de la orfandad del otro.

—Creo que me va a caer gripe.

Ella exprimió dos limones en un vaso de agua, y le alcanzó una aspirina.

—Ya está el almuerzo.

—No tengo hambre.

Berto trató de echar un sueñecito a ver si salía de aquel estado depresivo, pero no conseguía dormirse. Estaba seguro de que al llegar a su casa, su mujer le contaría del borracho que se había caído en el hueco, en el mismo hueco que tanto has luchado por tapar; pero antes de abrir la puerta, creyó ver la cabeza del hombre sobresaliendo ligeramente sobre el nivel de la calle. En realidad no había casi tránsito por esa zona. A un costado de la vía daba el fondo de una fábrica de tabacos, y por el otro corría una zanja paralela a la calle. El hueco donde había caído el borracho desembocaba a la zanja. Lo sabía por los muchachos que ponían a navegar barquitos de papel en los días lluviosos. Durante el resto del año no era frecuente ver a alguien por aquella calleja, pero aún así, le pareció irreal y absurdo que el tipo permaneciera en el hueco.

Toda la tarde se sintió mareado y sin fuerzas. Pasó la jornada en las nubes, deambulando entre frijoles y sacos de arroz, y tropezando con sus compañeros de trabajo.

Cuando regresó a las siete, echó un vistazo y no distinguió nada. Se detuvo, limpió los espejuelos, volvió a mirar, y sintió que se quitaba un gran peso de encima. Entró a la casa animado, con la frente erguida, convencido de que esta vez Julia le contaría la historia, con lujo de detalles y todo el realce que merecía, pero ella no le ofreció ese consuelo. Dónde diablos se metía esta mujer, que sacaban a un borracho delante de sus narices, después de un día entero atascado en un hueco, y no veía ni escuchaba nada… Una cosa tan inusual en un barrio tan tranquilo, prácticamente un escándalo, y no se daba siquiera por enterada… Aunque también podía ser que el hombre se hubiera marchado solo, en silencio, para poder disimular su vergüenza, o tal vez alguien lo había recogido sin que su mujer se enterara, por qué iba a enterarse de todo, si ella estaba en sus trajines, barriendo el patio, haciendo la comida, ella era una mujer de la casa, una buena mujer y no una cualquiera para andar atrás de los chismes y del dimequetediré.

Se bañó un poco más tranquilo, y la comida le pareció mejor sazonada. Luego volvió a su puesto del sillón. Todo estaba en orden. Era evidente que la pesadilla había concluido; sin embargo, quién quitaba que el borracho no se hubiera hundido más en el hueco, atraído por su propio peso. Tal vez estuviera sin fuerzas y se le hubieran doblado las rodillas. ¿Y si había muerto…? ¿Y si aún agonizaba y él no le había prestado auxilio…? Podía ser procesado: negación de auxilio, a la cárcel por dejar morir a un pobre hombre, padre de familia, totalmente desvalido y en estado de embriaguez. Porque ya se trataba de eso: de un pobre hombre en estado de embriaguez…

Desesperado empezó a balancearse mientras buscaba una salida. Casi toda la vida detrás de un mostrador, dependiendo de la oscilación de una balanza, había desarrollado en él una actitud conservadora, que meditaba cada paso y sopesaba cada decisión. Aunque ahora no había mucho que meditar. Escuchó a Julia tarequeando en la máquina de coser, y calculó que era el momento oportuno. Se incorporó y salió en dirección al hueco. Necesitaba comprobar, cerciorarse, convencerse que el borracho se había ido de una vez y por todas, y escapar de aquella incertidumbre. Llegó hasta el orificio que ofrecía su boca cuadrada y oscura, y no vio nada. Estaba claro que había desaparecido. No obstante se agachó y extendió su mano en la oscuridad, y un escalofrío intenso, un corrientazo, recorrió todo su cuerpo. Había palpado una cabeza humana, fría y rígida, y sus ojos, que se iban adaptando a la oscuridad, distinguieron un rostro semiladeado, con los ojos abiertos y la mirada estúpida y ausente. Fue a retroceder, pero estaba como clavado en la tierra. Las piernas no le obedecían. Su cuerpo era una masa caótica y sintió el pecho agitado y convulso. Por fin logró incorporarse lentamente, y comenzó a andar, arrastrando las piernas como un enfermo, como un elefante herido de muerte, y se dejó caer en su sillón. No supo el tiempo que permaneció allí, con la mente en blanco, pero debió ser un intervalo bastante largo porque Julia se asomó al portal, extrañada de que aún no se hubiera acostado.

—¡Berto… son casi las doce…!

Berto no contestó. Sintió necesidad de confesarse, de compartir aquel secreto. Todo había sido sin pensarlo, diría, sin darse cuenta, repetiría, sin imaginarse que la cosa podía llegar a este punto, juraría. Él era buena persona, honesto, sacrificado, un hombre que servía a los demás… Pero y si Julia no lo entendía, cómo era posible, cómo había sido capaz de abandonar a un pobre hombre, y acostarse a roncar tranquilamente, cómo había vivido tantos años al lado de un ser tan indolente que no sentía compasión por la vida de sus semejantes…

Así que no dijo nada. Se tomó la pastilla y se fue a la cama, pero no pegó un ojo en toda la noche. Aquel rostro frío e inexpresivo se aparecía ante él, con las órbitas desencajadas y la vista perdida. Se levantó varias veces tratando de no despertar a Julia, se tomó dos diazepán, un clorodiazepóxido, y se sentó al borde de la cama a hojear publicaciones de los años cuarenta, adornadas de rubias hermosas y espuma de jabones y aceites de oliva, pero no conseguía desterrar aquella imagen. Le pareció que una sola noche podía llegar a medir años, décadas, y sintió que aquella era la eternidad. Ahora otro ingrediente había empezado a torturarlo: Allí junto al hueco estaban sus pasos, el rastro que conducía hasta su casa. Tarde o temprano lo encontrarían. Vendría la investigación, la policía, los perros; y todo apuntaría hacia su casa, a su persona, a Berto Martín Gallego, tan tranquilo como lo creía la gente, él lo había matado, lo había emborrachado, lo había precipitado en el hueco. Siempre tuvo obsesión por ese hueco, diría el Delegado. Es un maniático, un criminal, agente de la CIA. Paredón. Consejo de Guerra. El Tribunal Militar pidiendo paredón, fusilamiento. El fiscal pidiendo paredón, los jueces, la defensa, la ira del pueblo. Todo el mundo pidiendo paredón… Pero él era inocente, no entendía por qué. Estaba muy confundido y de pronto dijo que sí, que era culpable, asesino, que lo mataran, que lo ahorcaran, que lo pasaran por las armas, que lo desaparecieran.

Por la mañana Berto salió para la bodega sin hacer café. No tenía concentración. Se puso a despachar petróleo, y el líquido se derramaba fuera; probó con el arroz y le ocurrió lo mismo; al mediodía tampoco almorzó; y la tarde la empleó en organizar la bodega, recogiendo y empaquetando sacos de yute y cajas de refrescos. Pero trabajaba a ciegas, ausente, con el cuerpo en la bodega y la mente en el paredón de fusilamiento. Nunca antes había concebido su final de esa manera. Ni siquiera pensaba en él. La muerte solía ser una noticia, un accidente que podía ocurrirle a los demás. Cuando por fin admitió que él también era elegible, se imaginaba en su habitación, rodeado de sobrinos y de médicos y enfermeras solidarios, con Julia junto a su cabecera; pero jamás había considerado una muerte así, entre gruesas paredes, recostado a un muro gris salpicado de sangre, ante media docena de militares que le apuntaban con sus rifles, que le abrirían la piel y la carne para luego irse a beber y a fiestar sin el menor remordimiento…

Berto llegó a su casa como una sombra. Se bañó y se tiró en la cama, dejando la comida intacta sobre la mesa. Julia quiso acompañarlo al médico, pero él se negó rotundamente, y ella no insistió. Sabía que era inútil. Notó que algo estaba alterando el curso de las cosas, y por primera vez dejó de ver el huerto que su marido plantaría en cuanto se jubilara. Ya no alcanzaba a imaginárselo con una regadera, señoreando sobre un paraíso verde de tomates y de lechugas que se extendía hacia el horizonte…

A media noche empezó a llover, anunciando una primavera abundante y generosa. A las seis seguía lloviendo a cántaros. Berto se colocó su vieja capa y salió a la calle. Aún no se había percatado bien de lo que significaba aquella lluvia bendita. Cómo no lo había pensado antes… El agua arrastraría al hombre hasta la zanja, y de ahí seguiría hasta el arroyo, hasta el río, por lo menos hasta la costa, flotando como un tronco a la deriva. Sería un ahogado más entre muchos, y nadie sospecharía que en aquel hueco se había iniciado la tragedia.

Toda la mañana estuvo más animado, aunque desmejoraba claramente. Por la tarde le dio el primer desmayo. Fue un leve mareo, la vista se le nubló, y sintió que el mundo lo abandonaba.

Al día siguiente faltó al trabajó y continuó empeorando. Como no se atrevía a ir al hueco, deambuló por todo el pueblo capturando periódicos y revistas y demás publicaciones en busca de algún indicio, de alguna información de un desaparecido, que salió tal día de su casa, con mascual ropa, y presumiblemente en estado de embriaguez; o de un ahogado sin identificar que apareció en el Caribe, mordisqueado por peces de agua dulce y de todas las aguas, con algas en el pelo y huevecillos de tilapia en el pabellón de la oreja. Pero poco a poco se iban apagando sus esperanzas ante aquella prensa imperturbable que sólo hablaba de la recuperación de envases y de los macheteros millonarios y bimillonarios…

Murió el Domingo de la Defensa, junto con el ruido de la alarma aérea y los primeros zambombazos. Estaba como vivo, con el mismo semblante de siempre, pero a Julia le bastó comprobar que a las siete y media de la mañana su marido seguía en la cama, para saber que estaba muerto.

Durante el velorio en su misma casa, alguien halló el cuerpo del borracho, atacado en el hueco, profiriendo amenazas en su Lengua intraducible. Lo llevaron al hospital, y varios días después deambulaba de nuevo, con la botella en la mano, simulando un viejo tango de Gardel. Los vecinos, por su parte, no tardaron mucho tiempo en habituarse a la ausencia de Berto, demostrando buen poder de recuperación. Únicamente la viuda maldecía al destino, y juraba entre lágrimas que una semana antes el difunto estaba fuerte y saludable… En cuanto al hueco, en fin…

Sindo Pacheco: su propia alma

Con Sindo Pacheco la sección Ángeles tutelares alcanza nuevas dimensiones. Sindo vive y escribe -y espero que por mucho tiempo. Vive, trabaja y escribe en la ciudad de Miami, Estados Unidos. Tiene obras por publicar, un volumen de cuentos y dos novelas. Amablemente ha accedido a que publiquemos su cuento, por lo que le agradezco una vez más.

Como está vivo tengo que andarme con cuidado, no puedo hablar mal de él so pena de recibir un reto guajiro y terminar enredados a trompadas, o peor, a machetazos. Por eso citaré a dos colegas y amigos suyos, para que la cosa quede en familia.

Amir Valle ha escrito que “sus cuentos resaltaban por un modo distinto de asumir el humor, ya que no era un medio de transmisión de las ideas, sino el marco mismo en el cual se desarrollaban sus personajes estrechamente vinculados a un entorno rural”.

Manuel Sosa: “Es uno de esos orífices que salvan la profesión, narrando sin complejos, sin preguntarse si va a la zaga o la vanguardia. […] Desde que le conozco, le he visto auxiliarse de eso que ya nadie confiesa: su propia alma”.

Si William Faulkner tuvo su condado ficticio de Yoknapatawpha y el Gabo su Macondo, Sindo tiene su Cabaiguán, que no por real deja de ser maravilloso, como un banco para descansar y de dónde recibir créditos para nuevos sueños. Sospecho que aunque ahora no camine por la calle Valle, Sindo lleva a Cabaiguán en ese lugar inconfesable que nos dice Manuel: en su propia alma.

Ese instante único que ahora mismo sucede en todas partes

Es poco lo que puedo decir de Albis Torres. Es poco lo que sé. Nunca compartimos la misma estancia ni conversamos hasta la madrugada, bebiendo esos brebajes a los que son tan adictos las gentes de letras. Nunca practicamos juntos ese deporte tan cubano que denominamos ‘arreglar el mundo’. Los pocos datos que pude reunir no me alcanzaban para completar este comentario. Estuve tentado a forjar un engaño, hacer creer que sabía más de lo que en realidad sé, hacer juegos malabares con versos y palabras suyas. Tenía preparada una línea para cerrar el post que me parecía lo máximo: “Querida Albis Torres, tu siempre decías que a la radio se la lleva el viento, pero tus palabras no están en el olvido”. Suena falso ¿verdad?

Por suerte me he dado cuenta del ridículo, de la gran falsedad de ese intento de impostura. Entonces, ¿cómo enfrentarme al misterio Albis Torres?

Hasta hace dos años Albis Torres era una frágil página de El Caimán Barbudo, donde aparecían las conversaciones entre la Bruja y el Ángel, alimentando las polillas en alguna caja de recuerdos de la adolescencia. Encontrar en una feria el libro que reúne su poesía y prosa fue una gran alegría, que duró poco al enterarme de que había fallecido en el 2004 y las circunstancias en que vivió sus últimos años. Desde entonces llevo su libro conmigo, como la sombra del guajiro, intentando conjurar su ausencia.

¿Se puede anhelar lo que no se conoce? ¿Qué nos hace recorrer ese arco que va de la curiosidad a la admiración y puede llegar hasta la adoración y el fanatismo?

¿Sobre qué bases se funda esa evocación, esa identidad, el deseo de estar en el lugar, participar, conocer? ¿Es ése el poder de la literatura? ¿La magia negra de los buenos autores, que no escriben con palabras, sino con sentimientos, que resuenan y estallan en nosotros? ¿Cuánto hay en ello de envidia a los afortunados que tuvieron su tarde con Dulce María, los viajes de la sala a la cocina de Lezama, el divino dominó de Virgilio?

Solo una respuesta tengo para tantas preguntas. Fe. Quienquiera que haya escrito lo siguiente tiene para siempre mi confianza:

Hay mitos que nadie ha fabulado,

mitos como universos que habitan

en los seres humildes.

El mío son las olas y un hombre

que las vio diligentes hacer y deshacer,

el paisaje lunar de las Galápagos

y un hombre que no cruzó el océano

e imaginó, mil veces veinte, un viaje

sin riberas.

Mi país es ese instante único

que ahora mismo sucede en todas partes,

orillas de la tierra,

lugares a los que no sé ir

ni puedo, y llego sin embargo.

Amo esa alquimia de olas y pacientes orillas.

No hay mejor patria

ni asta en que poner

bandera alguna.

He aquí mi acto de fe por Albis Torres. Mi homenaje en su memoria.

VISITANTE

Llegó temprano, cantando con su voz de agua

a tocar en la puerta

y esperó paciente que lavara

la interminable fila de camisas,

se estaba bien entre las ropas blancas

y aún cantaba.

Escapó a la cocina.

Entonces él, aún más paciente

se adormeció al aroma del sofrito.

Espabilose, y sacando fuerzas de flaquezas

esperó

subido en los sillones para no enfadar a la mujer

que abrillantaba losas de monótonos trazos.

La vio sacar innumerables cosas, zurcir arrugas,

ordenar remiendos.

Pensó el poema tomarla para sí cuando muriera

la última luz en el quehacer constante de la casa.

Atrapado en sueños de fatiga

pone su mano de agua sobre el pecho de la mujer.

Piensa que volverá mañana, aún más temprano

a poseerla.

DIÁLOGOS ENTRE LA BRUJA Y EL ÁNGEL

V

-¿Qué es lo más importante en el amor para ti,

Ángel?

-Para mí, la libertad. ¿Y para ti, Bruja?

-Para mí, la sabiduría.

-¿Entonces por qué te rizas el pelo y te hechas

tantos polvos en la cara?

-¿Y por qué no vuelas tú con más frecuencia?

-Porque los rizos y los polvos te quedan bien.

-No en otra cosa gasto yo mi sabiduría.

IX

-Imagínate que una cuerda pende desde el cielo

frente a ti, Bruja. ¿Qué harías?

-Una cuerda no puede caer desde el cielo.

-Imagina que puede ser.

-¿Tiene un lazo en el extremo?

-¿Por qué una bruja tiene que pensar siempre

que las cuerdas tienen un lazo en el extremo?

-De lo contrario no sería una bruja.

-No, no tiene un lazo –contesto impaciente el Ángel.

-En ese caso, esperaría junto a ella.

-¿No correrías?

-No. Creo que no.

-¿Y para qué esperar?

-Porque una soga extendida desde el cielo

solo puede significar dos cosas:

un cabo en la distancia o un SOS.

-¿Qué harías?

-Aguardar.

-¿La ayuda que te brindan?

-No Ángel, no necesito ayuda.

-¿Esperar por quién te necesita? ¿Eres tan solidaria, Bruja?

-Me importa un bledo que alguien necesite ayuda.

-Entonces, ¿a qué esperar?

-Ángel querido, sólo una vez penderá una cuerda

desde el cielo frente a mi.

Si sigo de largo, pasaré el resto de mi vida

esperando que vuelva a suceder.

PATIO

Patio: muchedumbre de cosas extraviadas;

¿Qué habrá que nunca pude llegar a oír?

Enredillos de arañas; leve pisar brillante de babosas.

Como el enamorado pobre que llora, sin esperar

que acuda a su reclamo;

¿Qué habrá que nunca pude llegar a oír y te has

quedado tanto?

El guajiro y su sombra

Albis Torres

Existió hace mucho tiempo un guajiro enorme, con una sombra –aún más grande que él- que espantaba los caballos.

Solía la sombra a veces apurar a su dueño por el camino, o abreviar el paso, y esto lo hacía meneándose de tal manera que por mucho que el hombrón disimulara llegó el día en que nadie le hizo compañía en su caminata hasta las canteras, a donde cada madrugada se encaminaba la cuadrilla de labor.

El guajiro, torpe como era a causa del poco estudio y el mucho andar entre bestias y cristianos que no las aventajaban, sentía vergüenza y mucha soledad.

Un día, teniéndola a tiro con el rabillo del ojo, la vio rascarse detrás de una oreja, y le dio tanta rabia el verla tan fresca aliviándose la comezón mientras que él había perdido todo contacto humano por su culpa que, alzando la voz se puso a cantar:

Tantas cosas hembras veo

que ha creado la natura

todas buenas, menos una,

la única que yo poseo

La sombra quedó inmóvil a pesar de que su dueño ya andaba echándose al hombro los bártulos.

Lo que se siente al ver un hombre trajinando mientras su sombra lo observa, lo saben bien las dos ancianas que se esfumaron por el mismo recodo que venían, clamando misericordia.

Luego echó a andar la sombra tras el guajiro, por el camino bordeado de cujes que no tenía más animación que el desgarramiento de un sinsonte.

De momento dejó de correr el aire, el sinsonte paró en seco su letanía y ni el polvo del camino se alzaba. Era como si algo se hubiese detenido. Los cujes se vieron secos y desamparados como nunca, y jamás hubo camino más a la intemperie.

El guajiro no era capaz de entender lo que sucedía, y mientras se aprestaba a medir la dirección del viento desde su pulgar, brincó la sombra y se perdió, no sabe el desdichado si a su diestra o a su siniestra.

Fue entonces que el sinsonte retomó su canto y el bosque de cujes siguió siendo el mismo empolvado y anónimo de todos los días.

Si un guajiro acompañado por una sombra con criterio propio se queda sin amigos ¿qué le pasa a un guajiro que no tiene ninguna? Se sabía de él por la dirección desde la cual huían los pájaros.

A la condena de la soledad se unía la de un estado de vaguedad en el que nada presidía o seguía a sus gestos. Nada se plantaba bajo sus pies. Lo que anda con todo el mundo y se repite aún a sí misma le faltaba, y era como si nada de lo que hiciera, oyera, dijera o tocara tuviese consistencia.

Entonces decidió morirse y hubo velorio en su casa. Asistieron los agradecidos vecinos, mientras él se acomodaba endomingado en la caja entre rezos, flores y velas.

La gente hablaba de cosas de velorio y el hombre sin sombra esperaba, nervioso como un recién casado, a que le llegara el sueño y con el sueño una muerte clara, sin la compañía inquietante de las sombras.

Entonces ella entró. Arrimó un taburete a la caja donde el guajiro, más que verla, la sintió en el silencio parejo de los reunidos.

Inmóvil en el taburete, daba más lástima que miedo.

El guajiro esperó conteniendo el resuello.

Entonces ella se asomó, y el hombrón, de un brinco, la tuvo con una mano por la cintura, mientras que con la otra se hacía del arreo con el que le propinó una paliza a la rebelde, la que, aunque podía esperarse, no dijo ni pío.

Ahora va la sombra sin criterios detrás del guajiro, y cuando se desgarra un sinsonte a las doce del día, mientras camina junto a la cuadrilla de sombras tras la cuadrilla de jornaleros, tiende a girar en busca del pájaro, y el hombrón se para en seco y la mira. La mira de lado y la sombra vuelve a su gesto y anda, anda como se debe andar.

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Libros citados

Albis Torres

La habitación más tibia, Ediciones Mecenas, 2006.

El poeta es un instante entre dos eternidades

El 20 de marzo de 2003 en la ciudad de Santa Clara muere Carlos Galindo Lena, poeta.

Como todo poeta conoció penurias y gloria, premio y olvido. Al final de su vida las cataratas quisieron robarle la luz, pero él no les hizo caso, alumbrándose con la luz que irradia desde la conciencia. Poeta singular desde sus inicios, no se sumó a la moda imperante porque:

"Yo la poesía la tomé siempre con mucha entrega y con mucho respeto. Me pareció que todo lo que se hacía era circunstancial, que nada tenía permanencia. Yo siempre he tratado de buscar algo más allá. A veces el coloquialismo lo encontraba demasiado… no sé. Como si no se lo tomaran en serio".

De manera especial disfruto sus poemas eróticos y sus sonetos. No soy un incondicional de las formas clásicas, pero creo que un soneto es tan buena carta de presentación como un poema extenso y, por ser bello y breve, dos veces bueno. Ha sido una deliciosa tortura elegir los dos que cito en esta entrega. Es gracias al cuaderno ‘Mortal como una paloma en pleno vuelo’, Premio José María Heredia de 1984, que reinicio la lectura de poesía, después de un período de alejamiento debido a una sobredosis de ‘coloquialina‘. Sus poemas me abrieron la puerta a algo que estaba más allá de lo que había leído hasta entonces. Y eso se lo agradeceré por siempre.

Apasionado de la historia y sus enigmas, confiesa:

"Siempre aspiré a conocer la historia de Cuba, sentía curiosidad por mi patria, amaba a los mambises; pero siempre desconfiaba de la historia. ¿Qué había en mí que me hacía desconfiar? Y me decía: «Es que yo tengo criterios. Quizás fue así. Quizás no». Eso se debió a que yo tuve un amigo coronel, veterano de la Independencia, que me dio muchos consejos, me hizo anécdotas: Quintín Bravo, de Caibarién. La historia hay que vivirla profundamente, porque si no queda atrás. No llega nunca a ciertas cuestiones. Una vez yo me dije: «Chico, tú eres poeta. Tu deber es la poesía; deja la historia, que ella es muy peligrosa». Pero hay enigmas en el aire. Y sólo los poetas podemos responder los enigmas de la historia".

Tuve la oportunidad de conocerlo, en los inicios de mi adolescencia, pero no pasó de ser un amigo de papá, que para más susto, era maestro y daba la impresión de ser muy serio. Después me fui lejos de su querida Santa Clara, crecí, leí su obra y me hice planes de regresar para conocerlo de verdad, que nunca cumplí, por miles de pequeñas y mezquinas justificaciones, la peor de todas quizás fue no desearlo lo suficiente. La noticia de su muerte, de la que pronto se cumplirá todo un lustro, me hizo posponer por última vez ese viaje. Pero para la próxima, -aunque ese viaje no será a Santa Clara, sino un poquito más largo- seguro que nos vemos, sí señor!

Quiero ahora, desde mi pequeñez, rendir homenaje a Carlos Galindo Lena, Poeta.

JUSTICIA

El aire del soldado es siempre un aire triste
Porque dar muerte
O recibir la muerte es siempre triste
Doloroso oficio de los hombres

Un paso de soldado y queda huérfana la tierra
Sin la verde sonrisa de los niños
Sin aquella que propaga la especie y aun
el pan de cada día

Ay por la libertad
Y el soplo negro del corazón asesinando
mariposas

El aire del soldado es siempre un aire triste
Pero al final de su noche puede que amanezca
Si la palabra libertad quemó su alforja
Si la palabra justicia fue su arma de guerra
Ay pero aun así
El aire del soldado es siempre un aire triste

Cada hombre tendrá derecho a que le juzguen

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NADA ES COMPARABLE A UN HOMBRE QUE AMA

Cuando el sol abandona tus brazos yo estoy
en ellos
Para salvar al hombre basta tu vegetal
presencia
Los perros se detienen a mirarte como la pasajera
de otros mundos
Porque la noche es tuya como es tuyo el secreto
de los astros

Cuando el sol abandona tus brazos yo estoy
en ellos
Eres la casa del amor el resguardo contra
los huracanes
La torre desafiante sobre la arena del poniente
La rosa náutica me obliga a acariciar
tus senos

El viento me habla de las aves que emigran
de tu boca
Que plenitud de nidos colgando
de tus ramas
Eres tan terrestre como la nube que guarda
los presagios
Y tan celeste como el árbol que
alimentó la llama

Cuando la noche abandona tus brazos yo estoy
en ellos
Desplegad vuestras carpas gitanas
de la tierra
El porvenir del hombre está en la rosa
de su vientre
Todos los naipes mueren en la
geografía de sus mares
Adiós tristes corsarios de los potros del viento
Adiós naves cargadas con los diamantes
ebrios
Cuando la aurora muere ya yo estoy en sus brazos
Cuando el hombre canta ya yo estoy en su vientre

– – –

QUEDARÁ DE TU SER LO QUE HAS GANADO…

Quedará de tu ser lo que has ganado
a multitud de amor frente a la noche.
No hay espacio vital para el reproche
aunque se pierda el sol de lo allegado.

Cuando el camino ha sido transitado
Con pie de abismo a flor, sin un derroche,
queda la esencia de la luz de anoche.
Vuelve a su ser el ser de lo logrado.

Y florece el espacio, el tiempo cede,
vive en la eternidad del que te nombra
y que al nacer de ti forja su estrella.

No ves que el hombre tonto que te agrede
no se resuelve en luz, queda en la sombra
y al fin crece y renace de tu huella.

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RETRATO DE UN VIEJO POETA

Hondo y grave en su luz, ensimismado
en las tercas palomas de la frente
midiendo el hoy con soles inocentes
que emergen de las dudas del pasado.

En el presente firme y reservado
caminante de lunas y ponientes.
Solitario en su luz, irreverente
ante la insidia del amor frustrado.

Un universo crece desde el pecho
libre panal de amor para el camino
que conduce a la vida ilimitada.

Manos que van desde el altar al lecho
buscando una razón para el destino
que le abre el corazón a dentelladas.

– – –

TESTIGO DE CARGO

Al conjuro de tu voz
despiértanse los muertos.
No sólo los que habitan debajo
de las orquídeas,
los amados
sino también los que están de frente
a su inmundicia.
Cuando tú callas
ya nada vuelve a ser sobre la tierra,
perdida su esencial melancolía,
quedan expuestas a la compasión
y al silencio.
El tigre de media noche
para el sueño de las adelfas.
El hombre no sabe como reprimir
sus instintos.
La fiera deduce siempre
la inocencia de la carne.
Mirad que yo no juzgo,
pero el hombre es solícito y amable,
sólo externamente.
Ahí están todos los asesinados
como testigos de cargo.
Ay amada, limpiemos nuestro jardín
de maleficios
después de los relojes caídos
con la lluvia.
Pues el tiempo es como un trigal
que nos detiene
la conciencia errante,
por la fuerza de la inmovilidad
de su belleza.
El hombre en realidad nace solo,
muere solo;
es un grave error juzgar al hombre
por los hombres.

– – –

XVII

Hombre bueno, deja que el corazón universal viva junto a tu corazón, tú lo has visto sangrar cuando de piedad late por ti. No te pierdas, recuerda, hombre pequeñito, que esa es la diferencia entre el ser y el no ser.

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EL GRAN VACÍO

La Mejorana

No todas las plantas tienen un holocausto en medio
de la noche;
la Mejorana inquiere al sol
sobre la luz de las reyertas,
la patria entre cenizas
ventila al aire sus jazmines.
¿Dónde hay un padre que dignifique tanto
su humildad?
Mirad que Grecia nos entregaba desde antaño
sus coronas de sangre,
pero aquí la sangre no corrió nunca,
entre hermanos,
siempre se detuvo en el ocaso.
¿Quién permitió que el tiempo de la siega
se precipitara entre las aguas?
La espiga fructificó
mas no llegaron a nacer las aves que hubieran bajado
al cielo entre alas
a germinar junto a la tierra dura,
junto a su cuerpo insigne.
El círculo se cierra en el momento de mayor
esperanza,
cuando todo iba a crecer
cuando empezara la danza de la vida,
de pronto lo terrible,
lo que nos deja llorando junto al río
interrogando a Dios…

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Libros citados

Yamil Díaz Gómez
Entrevista a Carlos Galindo Lena, Revista Umbral, número abril-junio de 1999.

Carlos Galindo Lena
Mortal como una paloma en pleno vuelo, Editorial Letras Cubanas, 1988.
Rosas Blancas para el Apocalipsis, Ediciones Capiro, 1991.
Aún nos queda la noche, Ediciones Capiro, 2001.

Ángeles tutelares

Quiero traer a este blog a mis ángeles tutelares, poetas y escritores a quienes quise conocer o agradecer y diversas combinaciones de tiempo y espacio no lo permitieron. Tienen en común, también, el hecho de no estar hoy entre nosotros. A unos los alejó la vida y, como reza la sabia frase, mientas hay vida hay esperanza. A otros, irremediablemente, los llevó la muerte. Y ¿acaso hay algo comparable a la muerte de un poeta?

Es esa muerte la única frontera que reconozco para ellos, la única taxonomía, porque determina la imposibilidad de la comunicación. Dónde nace, escribe o muere un poeta cubano es materia para bibliografías, dato para la burocracia, mera circunstancia. Capricho, sea humano o del destino. Como es también antojadizo el orden en que los presentaré al lector y las palabras introductorias que les dedicaré, que no serán reseñas literarias -que muchas y mejor escritas se hayan por doquier- ni valoración de trayectoria, sino leve transcripción de sentimientos, que como a la poesía, no se debe racionalizar en exceso. Tan solo una idea fijo: no me anima segunda intención ni afán manipulador. Rechazo que se me considere capaz de reducir obras y vidas tan queridas a la simple categoría de instrumentos arrojadizos. Antes que eso, prefiero -como buen guajiro- que me parta un rayo, real o de vergüenza. Para esa batalla, otros numerosos argumentos esperan turno. Me acerco con respeto a obras que deseo compartir y ofrezco disculpas anticipadas por cualquier malentendido, siempre posible en estos agitados tiempos.

Cada uno de ellos, en determinado momento, fue muy importante para mi. Unos dejaron recuerdos de personas, lugares y fechas; otros fueron emociones despertadas por lecturas, aprendizajes, descubrimientos. Todos contribuyeron a saciar esa otra hambre, que no es solo de guayabas, ayudaron a expandir mis horizontes más allá de los límites de una finca y una cotidianidad, y a sentirme parte –partícula, ínfimo polvo cósmico- de este conglomerado de estrellas y universos que es la cultura. Todos dejaron su huella en mí, única, que agradeceré siempre. Pero, de haber sido posible, preferiría tenerlos como amigos antes que anotarlos como influencias.