Miserias cotidianas – Primera Parte

Tienes un día complicado. Mientras batallas con tantos problemas sin solución, un amigo viene a pedir prestado algún objeto, quizás una herramienta. Regresas al caos doméstico y al poco rato olvidas a quién has prestado el objeto. Pasa el tiempo y no lo devuelven. Tus esperanzas de recuperarlo se esfuman como el salario recién cobrado. Constatas que en tu entorno cercano hay alguien capaz de robarte a cara descubierta.  Un golpe más a tu ya maltrecha inocencia. Te torturas imaginando a esa persona disfrutando de lo que te ha costado tanto trabajo obtener, lo que está pensando de ti, riéndose,  tildándote de comemierda. Haces un recuento de la larga lista de cosas que has perdido en circunstancias similares. Con un poco de dolor en el alma, levantas un poco más el muro de desconfianza que te separa de los demás.

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¡Adiós, Roberto!

Tocó a mi puerta cuando comenzaba la telenovela brasileña. Sudaba, después de subir varias escaleras con su bicicleta a cuestas. -Me voy pa España -soltó a modo de saludo. Para darme tiempo a salir de la sorpresa, saludó a mi esposa, me devolvió la memoria usb que utilizamos

para intercambiar información y lanzó la pregunta que usa para compulsar mi sentido de la hospitalidad: ¿Y en esta casa no se le brinda café a las visitas?

Mientras preparaba la cafetera me contó de su abuelo canario, de la ley de nietos, los trámites, los viajes a La Habana, y para rematar, me enseñó su pasaporte español, todavía con olor a nuevo, como quien exhibe un sagrado talismán. Después del café, salimos a fumar al balcón, y me explicó que un primo que vive en New Jersey le acaba de enviar el dinero para el pasaje y que otros dos socios lo van a recibir y ayudar en los primeros momentos. Y terminó asegurándome que ya tenía una persona de confianza para que me envíe los correos, así que espero poder continuar publicando en el blog.

Después que se fue, caí en cuenta de que es el último gran amigo que me quedaba acá. Los viejos tiempos pasan, irremediablemente. Robe era el alma de la pandilla, y cuando esta comenzó a desperdigarse por medio mundo, se las arregló para llevar las pistas de todos los viajeros. A él acudíamos para saber noticias, direcciones y teléfonos. Aquella noche su anuncio me dejó con sentimientos encontrados. Por lo general me alegro de saber que alguien se marcha, sea un personaje famoso o un simple hijo de vecino. Me alegra porque pienso que todos tienen el derecho a elegir qué hacer con su vida y dónde hacerlo. Me alegra porque después de vivir más de veinte años de lo mismo, cualquier cambio es bien recibido. Pero también me dejó triste, y no solo por mi, por perder a un gran amigo. Entristece comprobar que la falta de esperanza sigue determinando nuestro rumbo. Entristece vaticinar el futuro de un país que se desangra en su perenne terquedad.

Hoy hace dos meses que Roberto se marchó. Me ha escrito un email y hablamos brevemente por teléfono. Lo primero que dijo fue que extrañaba mi café. Después me contó de su trabajo, no es en una cómoda oficina como el que tenía acá, pero le da para dejar el ‘albergue’ en casa de los socios y dentro de poco, enviar dinero a la familia que dejó detrás. Antes de despedirse, burlón, me espetó: Guajiro, ahora nada más que faltas tú…